Salí con el doctor, que exclamaba «¡Hiela! ¡qué gris sopla!» no sabiendo qué decirme, en la duda de lo que significaba para mí aquella muerte; en la duda de cuáles podían ser los lazos que me unían á la difunta. Y, como yo no le hiciese el dúo en su tiritón intencional, se creyó en el caso de decir generalidades.

—Son momentos muy tristes... Era previsto... Dado el giro del padecimiento... Sin embargo, si no sobreviene esta última hemorragia...

Contesto con signos ambiguos, con enarcamientos de cejas de esos que á nada comprometen, y á la puerta ya del médico, saco mi cartera:

—Por no molestar á usted otra vez... si quisiese que liquidásemos ahora mismo nuestra cuentecilla... los honorarios..?

No hice caso de una protesta de desprendimiento hidalgo, de esas que en situaciones análogas tiene todo español, y le metí en la mano billetes. El apretón de despedida fué vehemente. Quizás representaba mi dinero el desahogo, el bienestar de un mes en el modesto hogar.

—Falta aún... Usted perdone... Me hará el favor de llenar las fórmulas, ¿no es eso?...

Sí, él llenaría las fórmulas... partes, avisos á funerarias y todo lo que se ha menester... Y yo seguí á mi casa.—Me empujaba á ella, con tal prisa, la tiranía más poderosa y exigente de cuantas sufre el hombre de nuestro siglo: la tiranía del aseo. Para mí, como para tantos contemporáneos míos, el hábito del aseo ha llegado á convertirse en nimia obsesión. Las uñas sucias, los dientes sin enjuagar con elixir y sin frotar con pasta, el pelo sin cepillar, un borde dudoso, gris, en los puños de la camisa, bastan para hacerme desgraciado. A pesar de mi devoción extraña á Rita Quiñones, su menaje no me tranquilizaba poco ni mucho, y la fúnebre noche había impreso huellas en mi ropa y en mi piel. Sentía ese hormigueo, esa desazón física y esa especie de disminución moral que produce la certeza de no estar puro, nítido, fresco.

Con deleite de romano de la decadencia entré una hora después en un baño donde acababa de esparcir puñados de espuma de jabón y un frasco de Colonia auténtica. Al flotar en el agua tibia y aromosa, las visiones de cementerio me parecían tan difumadas y desvaídas como un fresco de sacristía deteriorado por la humedad, y la desaparición de Rita, algo sucedido hacía muchos años y en un país distante. La fricción con el guante seco, activando mi circulación, acreció mi bienestar material; un chocolate ligero, á la francesa, en taza fina, flanqueado de brioche, mantequilla y tostadas, absorbido al lado de la chimenea crepitante, metido mi cuerpo en ropón de franela caliente y mis pies en zapatillas confortables y airosas—las zapatillas fondonas, achancletadas, no las puedo aguantar, me ponen en ridículo ante mí mismo—preparó sabiamente mi estómago, sin cargarlo. Tadeo, el ayuda de cámara, solícito, me vistió con ropas bien cortadas y de estación, y al darme los guantes, interrogó:

—¿Almorzará el señorito en casa? Porque la señorita Camila siempre me pregunta...

—No sé... Es probable que sí.