Volví á la casa mortuoria. Desde que pisé el portal me asaltó una idea, que en el primer momento me parecía singular, aunque después me haya enojado con los que singular la encontraron también. Y esta idea era que ya tengo familia; que tengo un hijo y que debo desear verle, besarle. ¿Cómo no lo hice ya á la madrugada, al rendir su madre el último suspiro?

Llamé. Marichu, que me abrió, traía los ojos hinchados, el pelo revuelto, el aliento impuro, de desvelo y fatiga.

—Es preciso—pensé—instalar á mi niño como corresponde. Le educaré, le cuidaré maravillosamente.

Y planes britanizados, todo un programa serio, pedagógico, á la moderna, se formuló en mi mente mientras cruzaba el angosto pasillo cubierto de estera vieja y forrado de papel color manteca imitando los nudos y vetas de la madera de pino. Era la engañifa de la vida que volvía á apoderarse de mí con sus seducciones, su persuasión fascinadora de que hay cosas que urge, que importa hacer, y á las cuales debe consagrarse todo nuestro esfuerzo, sin vacilación y sin descanso... La engañifa me hizo tanto provecho como el baño y el chocolate, y entré en la alcoba mortuoria casi alegre, con la viril alegría de la acción.

La valerosa Marichu había arreglado y mudado la cama, lavado y vestido á la muerta con su mejor traje, de negro paño. Había cruzado sus manos, clausurado sus ojos de sombra, cuajados ya y mates como azabache sin bruñir, recogido con la modestia de los supremos instantes la cabellera indómita, de rebeldes mechones. La chica bascongada tenía, ciertamente, el sentimiento de lo conveniente en determinados casos. Me acerqué, miré á Rita—si es que era Rita el tronco inerte que yacía sobre el lecho—, y me quedé absorto por el encanto de filtro letal que se desprendía de la contemplación. Sin duda quedaba mucho de alma en el cadáver. ¿No era el alma lo que bañaba con irradiaciones de paz y misterio la cara inmóvil? ¿No era el alma lo que se aletargaba tan calmosamente, lo que imprimía majestad á la frente clara, como retocada de luz? A la boca sonriente de un modo imperceptible, ¿no se asomaba el alma, á falta del aliento? ¿No había alma en las cruzadas manos casi transparentes, entre las cuales Marichu, no poseyendo un crucifijo, había deslizado una humilde estampa del flamígero Corazón? ¿Podrá ser sólo la materia la que sugiere tanta emoción dramática en presencia de estos despojos? Miro hacia el fondo de la alcoba, buscando en las umbrías de los rincones al Ser que ha de contestarme, al Ser que disipe mis incertidumbres. En el silencio flota algo sagrado... Tal vez está ahí la Seca... Y de seguro es ella, la Omnipotente, quien me responde, entre castañeteos de mandíbula desencajada y chirridos de goznes herrumbrosos:

—Majadero: lo que te impresiona, ni es la materia, ni es el alma. Es la forma, la forma engañosa, algo lineal y superficial, que sobrevive á la vida.

—Date aceite á las clavijas de esos huesos—replico irritado, despreciativo y con jactancia colérica—, para que no chirrien así. Tú debes ser callada, reservada, elegante, discreta. No me gustarás ¿has entendido? hasta que adoptes los modales de la mejor sociedad.

Y creo oir una carcajada sofocada, sorda, como si ella se desparramase de risa dentro de la oquedad de un nicho. ¡Ella! ¿Por qué llamarle así? Ella es la mujer; ella es la que simboliza la humareda azul del hogar, garantía de la supervivencia en la familia; sólo á la amada se aplica el dulce pronombre demostrativo...

¡No quiero que me atraigas, no quiero ser tuyo, esqueletada coqueta! Hay otro atractivo que vence, y de fijo vencerá siempre al de la Segadora. El niño pisará la cabeza de la muerte... Y en mi memoria, en ese caprichoso terreno donde brota lo que menos esperamos, salta una copla del sentencioso secretario de don Juan II, y se me viene á los labios:

Como toda criatura
de muerte tome siniestro,
aquel buen Dios y maestro
proveyó por tal figura
que los daños que natura
de la tal muerte tomase,
luxuria los reparase
con nueva progenitura...