—¡Marichu!—grité—. ¿El niño, está despierto?
—Sí, señor.
—¿Vestido? ¿Limpio?
—No, señor... No pude... Con atender...—y señaló al lecho funerario.
—¿Se ha desayunado?
—Un poco de leche le di...
—¿Sabe?...
—Inocente, ¿qué quiere que sepa? Algo se malicia ya... Tan listo...
—Arréglale muy bien, y avísame.
Mi ilusión de paternidad no quería yo perderla con una impresión que sublevase mis sentidos desde el primer momento. Como los sultanes de la Biblia que hacen lavarse, macerarse en aromas, revestirse de los mejores adornos á las que van á compartir su tálamo imperial—cultivando, sabiamente, la mentira subjetiva, fuente de toda felicidad—, yo hubiese deseado al chico trajeado de terciopelos y guipures, saltante de planchados, exhalando olor á Rimmel y á ropa nueva, inglesa, cara. Soy un refinado exigente, lo cual me vale sufrimiento y decepción continua. Quisiera que el sentimiento, ó al menos la sensualidad, tuviesen el poder de abolir esta exasperación de mi delicadeza; y jamás la han tenido. En horas de delirio, ó que para ser algo deben ser de delirio, mis sentidos lúcidos, vigilantes, severos, me vedaron el transporte y el anonadamiento que se parece á la muerte, y sólo por este parecido me hechizaría. He advertido todo, todo, todo; la basta calidad de un encaje, el corte desairado de un zapato, el principio de fatiga de un corsé, la imperceptible empañadura de una tez imperfectamente purificada, el vaho de un estómago nutrido de groserías... Y esas ofensas al refinamiento me han producido rencor, como si el ofendido fuese yo mismo, directamente; y el rencor me ha marchitado las flores de poesía en los labios y en el espíritu. ¿No me decía el año pasado la pobre Catalinita (por señas, una amiga de mi hermana), no me decía, repito, en son de despedida, en ocasión crítica y que otro llamaría solemne:—«Eres un desagradecido. Te vas furioso contra mí...?»