Sí, furioso quedo yo cuando alguien me devasta por dentro, me disminuye la poesía, me roba mi sueño y mi pasajero entusiasmo... Marichu: pon cuidado, pon cuidado en cómo arreglas al niño, que en este momento es el asa á que me agarro para no caerme de mi propia altura imaginaria. ¡Oh arcangelito Rafael: haz el milagro de llenarme este abismo que hay en mí; llénamelo con tu monería celeste, con tu mohín murillesco, con tus carnezuelas amasadas de mantequilla y hojas de rosa, con tu mirar donde aún no se ha reflejado la negrura humana! Enamórame de ti, de tu cuerpo santo, sin contaminar, de tu pensamiento impoluto, de tus manos sin fuerza, de tus pies corretones... ¡Hazme padre, sin que yo tenga que rendirme al yugo de una Trini, de una mujer práctica, positiva, bien equilibrada, que lleve cuentas y saque brillo á mi capital! Hazme padre, que es lo que anhelo secretamente, porque ser padre es arraigar en la vida. Mira que estoy rendido de tanto aspirar á la paz de la Sima obscura... y que, para decir toda la verdad, la Sima es aterradora... ¡Y sí he visto bien, sí; allá en el fondo, tiene fuego...!
—Aquí viene, señor: el huerfanito le traigo...
Cierro aprisa la vidriera de la alcoba, donde yace la madre, y me arrojo hacia el mocoso, le levanto en brazos y le devoro á besos. El se ríe, se defiende y me pega puñetazos en los ojos, chillando: «Bapar, malo Bapar...»
—No me llamo Bapar. Me llamo papá.
Marichu abre unas pupilas sosas, como dos bolas barnizadas... ¡Se lo sospechaba! ¡No era huerfanito el nene! Padre tenía, sólo que los miramientos y las razones... el mundo, el mundo...
—Yo corro con todo, Marichu. Quizás nos mudemos, antes de la semana que viene, á otra casa. Esta es triste. Entretén al pequeño; que no vea...
—¡Basta! Entendido, señor... Allá me lo llevo, cuando llegue la hora...
—Ahí va un par de billetes, para lo que ocurra...
—Suerte tiene Rafaelín... ¡Amparo no le falta!