El contento que me oxigenaba el espíritu me animó á empeñar, desde el primer instante, la batalla con Camila. Como todo hombre, no dejo de temblar á las peloteras domésticas; sin embargo, el orgullo de mi superioridad me presta una fuerza que acaso la razón no me daría.

Transcurre el almuerzo. Cobardemente, por hacerme los lares propicios, lo elogio, aunque no me encanta: á los huevos revueltos les faltan trufas; los beefsteacks están demasiado hechos, y el pescado no trae salsa aguda, correctora de su insipidez; lo reviste esa bandolina amarilla titulada mayonesa. Camila propende á la economía; inspecciona á veces la cocina, y está siempre tirando de la rienda, para ahorrar una mezquindad. El elegante desprendimiento que hace tolerable el roce entre sirvientes y amos, quitándole la aspereza batalladora del interés,—es desconocido y sospechoso para Camila.

Puesta la conversación en el terreno conciliador, pasamos al gabinete, á saborear el café. Me traen mi kummel, y cargo la mano en la dosis. Camila reprende el abuso: pocos licores, pocos! Poco de todo, parsimonia en todo, excepto en lo que puede dar de nosotros alta idea á la sociedad—tal parece ser la regla de conducta de Camila.

A la tercera dedalada de licor, me decido. ¡Pecho al agua! Hablo, en tono sencillo, confesándome; no omito nada, excepto la tremenda historia de Rita, adivinada, soñada tal vez; expongo mi resolución de traerme conmigo al pequeño, de ser como su padre, en toda la fuerza afectiva de la palabra. Calentándome al hablar, declaro que el niño me es necesario; que carezco de algo que me adhiera á este mundo tan deleznable, tan mísero... Me vacío, me espontaneo, y al mismo tiempo que lo hago lo deploro; me encuentro inferior á mí mismo, y me acuso de la caída, sin dejar de caer aceleradamente—caso demasiado vulgar! ¿Cuándo aprenderemos á no franquearnos con nadie, con nadie? ¿A guardar el tesoro?

En efecto, he aquí el fruto de mi expansión.

Camila me escuchaba, puesto el codo en la mesa y la mano derecha en la mejilla. Sus ojos grises, penetrantes, que empiezan á marchitarse un poco por los párpados, me escudriñaban con una mezcla de recelo indefinible, de lástima, de severidad, de indignación. Su izquierda sacudía de tiempo en tiempo, por un hábito de corrección mundana, los encajes amarillentos de la chorrera de su blusa, en persecución de alguna migaja trasconejada quizás. Con pueril curiosidad, yo seguía la doble corriente de aquel espíritu femenino: la de la protesta y la de la rutina.

—Hijo mío...—Cuando se maternizaba, era para reducirme á la nada con su sabiduría positivista, su buen sentido social.—Hijo mío...—Y miró alrededor, cerciorándose que no la podía oir ningún criado: la desconfianza de la domesticidad es una de las notas características de mi hermana.—Yo... qué quieres que te diga? Por mi gusto, callaría, y te dejaría hacer tu capricho. No me ha agradado nunca mezclarme... Pero mi deber, deber sagrado, es decirte varias cosas. No: no creas: en parte me alegro de que venga rodada la ocasión. ¿Permites?..

Se levantó, oprimió el timbre y ordenó al sirviente que se encuadraba, derecho y mudo, en la puerta:

—No estamos en casa para nadie... ni para la señorita Trini... No me traiga usted ningún recado, ni los del teléfono, hasta que yo avise de que se pueden pasar.

Segura ya del tiempo, se sentó otra vez, bajó los ojos, pareció recogerse, y al fin se lanzó, adquiriendo gradualmente mayor aplomo.