—Todo cuanto me has referido es tan extraordinario, que... perdona, hijo... no es fácil que yo lo comprenda... en una persona que esté... en su juicio... vamos, que esto no es indicar que tú no lo estés... al contrario... tú sabes más que yo, tienes infinitamente más talento que yo... pero son cosas en que á veces, los tontos—(¡qué gesto olímpico el suyo al declararse tonta!)—vemos lo que los sabios no aciertan á ver... Y yo veo claro en ti, Gaspar, no lo dudes ¡veo clarísimo! No en vano hemos sido niños y jóvenes á un tiempo, en la misma casa, y no en vano estamos juntos desde que enviudé. Tú has sido siempre raro; tú has mirado siempre las cosas por un prisma... hijo, qué prisma! No sé si te molesta que me exprese así...

—No... Sigue... Si me ayudas á conocerme, te lo agradeceré mucho. Deseo darme cuenta de lo que les parezco á los demás. Acaso eso me ilustre.

—A los demás, como á mí, raro y muy raro y hasta extravagante les pareces. Trini, por ejemplo, Trini, á quien tan simpático le fuiste... Bueno, Trini no tiene otro recurso sino confesar que... que á menos de estar tocado... Tú dirás que estas son apreciaciones, que cada uno se gobierna á su modo; no, hijo mío! hay cosas y hay materias en las cuales no cabe discusión, todo el mundo va conforme... porque no existen dos maneras de verlas. Y el que las ve de un modo disparatado, es que le falta la rueda catalina... Así, así te lo planto, Gaspar. No pides claridad? Pues ni el agua!

Como yo no opusiese la menor objeción, prosiguió, excitada ya, con el ímpetu del que al fin desahoga, harto de reprimirse y desaprobar en silencio, ahito de mascarse la lengua.

—Y si no, vamos á ver... Querido mío, es verdad ó es mentira que siendo tú un hombre todavía joven—treinta y seis años no son la ancianidad—que no padeces ninguna enfermedad conocida, que gozas de una renta muy bonita, y que deberías estar contento y disfrutar y casarte y lucir la posición, te empeñas en oscurecerte, en echarte encima cargas y compromisos? Es verdad ó mentira que sólo te falta, y perdona la frase, sarna que rascar? (Torcí el gesto; mi refinamiento protestó.) ¿Y es engaño que estás muy á menudo de murria? ¿Por qué no te dedicas á algo, por qué no emprendes... qué sé yo? Lo que emprenden los demás hombres! Política ó negocios ó... En fin, lo corriente!

—¡Política! Negocios!..—interrumpí—. Para qué? No dices que tengo lo bastante? Tú á nada te dedicas, Camila, y tú vives feliz, como el pez en el agua.

—Me dedico á la sociedad, á mis amigas, á mi casa... No tengo un minuto de esplín. Tú, como si fueses un inglés: aburrido, aburrido, soso, soso...

—También yo me dedico á la sociedad, á mi sociedad especial;—no hay una sola, hay varias... En estos últimos tiempos, mi sociedad ha sido una moribunda. ¿Qué le voy á hacer, si mi sociedad tiene un pie en el sepulcro..? Sólo me extraña que tú, religiosa como dices que eres, no veas sino las cosas de este vivir tan pasajero... Debieras interesarte un poco por lo que sigue á la vida, que es el morir.

Enarcó las cejas, signo de ira.

—Ahora me vienes predicando... tiene gracia. Yo te pregunto: ¿Es fiel la pintura que hice de tu carácter?