—No digas horrores... Cállate—imploró.
Un impulso de ferocidad se alzó en mí.
—¿Horrores?—repetí sarcásticamente.
Y levantándome y acercándome á Camila, la cogí las dos manos y la grité casi al oído:
—Has de morir... Has de morir... No lo olvides, mujer...
La sentí temblar, escalofriarse y estallar en sollozos. Entonces me avergoncé, y tartamudeando, formulé una excusa. Ella seguía llorando, habiendo dado al diablo su corrección, su equilibrio, su majestad de respetable dueña todavía apetecible; de cierto comprendía en aquel instante, que los cuidados mundanos son miserias, nonadas ante la perspectiva infinita de lo eterno... Conmovido á pesar mío, la eché los brazos al cuello, la consolé, me acusé de estúpido, de mal intencionado... Ella correspondió á mi arranque fraternal con otras caricias, sonriendo ya enmedio del llanto miedoso—y por un instante, los que tanto tiempo hacía que no éramos hermanos, lo fuimos, unidos por nuestra común miseria, por el espanto del más allá, por el poder incontrastable de lo que manda en nosotros y nos iguala al suprimirnos... como iguala el segador la hierba del prado.
VIII
Son en mí tan poco frecuentes los arranques sentimentales; los reprime tan pronto el cerebro, que aproveché la situación de ánimo desusada en que había quedado para volver sobre mí mismo.
Tal vez contribuiría á preocuparme la impresión de ciertas palabras y, sobre todo, del gesto con que Camila las había pronunciado... Era un gesto sincero (aun cuando Camila adolece de afectación, y muchas veces miente creyendo cumplir uno de sus deberes sacratísimos). ¿Estaré en efecto...? Lo que tomo por meditación y análisis, ¿será desvarío de insania...?
Vuelvo atrás la vista, y abarco mi existencia—no la exterior, que nada significa ni vale; la positiva, la de dentro—. Exteriormente, yo he llevado una vida normal y sin tribulaciones de esas que se comentan con lástima. Mis penas ante el público las enumero así (por el orden de la importancia que el público les atribuyó):