1.ª Quebranto considerable en unas acciones de minas de antracita, que bajaron de golpe y que vendí con notable pérdida. Se me creyó arruinado.

2.ª Derrota de mi candidatura á diputado por el distrito de Corbalán. Se me declaró fracasado.

3.ª Fallecimiento de mi madre.

4.ª Fallecimiento de mi padre.

5.ª Grave afección del estómago, que padecí á los veintiocho años, y que tardó mucho en aliviarse, después de tratamientos complicados, régimen severo, prohibición de varias fruiciones y una larga temporada de oxigenación en el cortijo de mis primos, en Andalucía. La chusma atribuyó mi gastritis á la lectura y al estudio, porque, como trato á mucha gente frívola, al que reúne dos docenas de libros y los lee le juzgan un pozo de ciencia... Yo sé que una crisis de sensualidad desenfrenada fué la que minó mi salud, acaso para siempre, porque mi estómago no ha vuelto á recobrar su alegría animal, su feliz humor, su vigor que reparara las pérdidas del organismo. Hasta me habitué á dividir mi vida material en dos épocas: antes y después de la gastritis.

Y... ¿qué más de biografía? ¡Todo, todo! La biografía es como los cofrecillos que encierran joyas; por trabajados que sean, no dicen la verdad, si no se abren para conocer lo que vale su contenido...

De niño, apenas entré en conciencia, fuí muy triste y muy romántico, y oculté mi tedio porque mi timidez constituía una enfermedad, y el terror de las burlas me encogía y me enseñaba precoz disimulo. Convencido absolutamente de que me moriría al llegar á la pubertad (sin darme cuenta exacta de lo que pubertad significa), sentía terrores indefinibles, y á la vez raptos de entusiasmo, alas en la imaginación. A los doce años, antes de la primera comunión, tuve un acceso de misticismo. Si pudiese volver á aquel estado, me consideraría ultradichoso. Con escrúpulo examinaba cada uno de mis actos; me arrepentía de los malos; lloraba á solas, y á solas me regocijaba cuando había sido perfecto, porque ocultaba como un secreto terrible este estado moral, sugerido por la preparación á recibir la Eucaristía. Y como secreto terrible he seguido ocultando lo hondo; como secreto para mí y nada más. Soy un solitario de alma... ¿Quién podría comprenderme? Al escribir mis sentires, ya percibo que lo mejor ó lo más exquisito y precioso huye entre los dedos, se liquida, se gasifica, desaparece.

Oculté también la caída, la vergüenza, la ridiculez del pobre niño que se cree hombre porque se enfanga. El primer libro inmundo, los primeros cigarros, las primeras daifas, la primera aventura de beodo,—se resolvieron en asco indefinible y en un ansia insensata de anonadarme: no fueron raptos de alegría ó de miedo, sino rabioso deseo de no ser. He pensado después que este peculiar estado de ánimo lo expresa el profundo símbolo medioeval—los desposorios del Pecado con la Muerte—. La tristeza de la culpa, ¡qué cerca está del ansia de aniquilamiento!

Una ventaja tuve tan sólo: deseaba el fin, pero con despecho, como se desea lo que daña... Al menos, por entonces, ella no me parecía buena, no me parecía hermosa, no me parecía seductora, divina; no era el anzuelo de mi espíritu... ¿Ahora, ahora, te lo parece, Gaspar? No: ahora, ahora, ahora no; el niño se interpone y me defiende...

Una tarde, me acuerdo que salí solo (mis padres me han vigilado poco en la edad peligrosa, y han hecho mal; no haré yo así con Rafaelín; en general, los muchachos españoles disfrutamos de libertad excesiva). Estábamos entonces en el campo, en nuestra casa de Portodor, y yo iba con frecuencia al pueblecito próximo, donde se celebraban fiestas patronales y ferias y funcionaban chirlatas y otros establecimientos menos santos.