La víspera yo había cometido en el poblachón mil imbéciles, risibles excesos. Una congoja infinita oprimía mi corazón, mientras en mi cabeza notaba la sensación de vacío de plomo (no sé expresarlo de otro modo) que los comienzos de las jaquecas nerviosas producen. Mis venas estaban áridas y como agotadas; mis manos, temblonas, como las de un viejo; en el pecho notaba un hoyo y vaciamiento de mi ser; mi pulso no se encontraría; se me figuraba tener los párpados llenos de arena menuda, y en la lengua saburrosa revolvía hieles gordas, lo mismo que si mascase el amargor de mi bajeza. Mi andar era lento, desigual; á veces me paraba por necesidad de suspirar y de pasarme la mano por la frente, ó para reclinarme en algún tronco de árbol. No hay nada que así se avenga con ciertos estados de desolación del espíritu, como una puesta de sol, sobre todo en un paisaje pensativo y penetrado de insinuante melancolía. La puesta de sol de aquella tarde era de esas de las cuales se oye decir que si un pintor las traslada al lienzo se le acusa de falsedad en la visión, por el exagerado romanticismo del colorido y hasta de la forma de las nubes. Anchas barras del más inflamado rubí simulaban inmenso incendio, cuyas llamaradas cortas surgían de un anfiteatro de baluartes del metal oscuro, terrible, que amuralla la siniestra ciudad del Infierno dantesco. Era una puesta de sol de remordimiento, de sudor de sangre de la conciencia. Sobre el fondo del celaje acusador, los troncos de los árboles, ya semidespojados por el otoño, alzaban su ramaje en actitud de implorar perdón ó auxilio; y á mis pies el río, ensanchado, porque se acercaba á su desagüe en el mar, reflejaba en la superficie inmóvil, apenas estriada imperceptiblemente por la brisa de la tarde, los encendimientos del poniente, próximos ya á apagarse entre la cenizosa niebla de la noche. Yo me paré en una revuelta de la orilla, donde una peña musgosa convidaba á sentarse y descansar. Fascinado, miraba á la sábana de agua durmiente, adivinando su hondura y advirtiendo cómo se extinguían en su seno las brasas caídas del celaje, y cómo se oscurecía el haz del agua, poco á poco.... Hubiese yo jurado que, desde la planicie lánguida, sesga, de letal dulzura, alguien me miraba, y que un filtro de deleite supremo corría por mis venas yertas antes. Un verso de San Juan de la Cruz me martilleaba en la memoria:

¡Oh, cristalina fuente!
¡Si en esos tus remansos plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Y unas pupilas oscuras, enormes—de asfalto y tinieblas, como las de Rita Quiñones la pecadora—me miraban desde el hondón del agua. Si eran pupilas de mujer—porque lo sobrenatural sentimental, para el varón, es siempre femenino—, al menos la mujer no alzaba del agua ni el torso mórbido ni la grupa redonda; ni blanqueaban sus carnes bajo la linfa, ni debía de poseer cabellera rubia como la de las hijas del Rin. En mi mocedad verde y cruda todavía, la mujer era otra cosa bien diferente de aquella criatura de misterio que me arrojaba una miraba magnetizadora; que me invitaba á la sombra y a la paz ya nunca turbada. La mujer, tal cual yo la conocía, en aquel momento, ¡qué náusea provocaba en mí! ¡Qué vaho de matadero, qué tufo de carnicería, qué emanaciones de estercolero asociaba á su impura imagen! En cambio, la del agua, la que me llamaba sin voz, la toda mirar, la toda callar... ¡con qué sugestión de olvido y de reposo me ofrecía sus invisibles brazos, enredados en las algas oscilantes del lecho del río!

Inclinarme nada más un poco, y el abrazo divino vendría á mí; ella subiría desde la profundidad, yo me precipitaría... Dos veces inicié el gesto, y dos veces me detuvo el instinto,—la ruindad debiera llamarle... Así y todo, al salir la luna, que es cuando el agua tranquila nos hace señas más amorosas y atrayentes, es probable que hubiese cedido al deseo—, si no se aparece el criado viejo de mi casa, Carlín, que me buscaba, por repentina orden de mi madre, para disponer el equipaje: se había recibido un telegrama que nos obligaba á volver sin tardanza á Madrid al día siguiente...

Otro período empezó entonces para mí. Hice gimnasia, estudié, monté á caballo; se completó mi desarrollo, se normalizó mi vida física, equilibré los gastos con los ingresos, y la impetuosidad y fuerza de la plena juventud influyó en mi espíritu. Sin razón alguna yo estaba alegre, reía, jugaba y bromeaba con mis hermanos, y encontraba un sabor delicioso y un encanto inexplicable á cualquier incidente; el afán de una diversión sin sal me tenía despierto una noche entera; á veces, ¡oh ignominia de la vulgaridad humana! abrazaba á mis amigos de súbito, sólo por desahogo cordial, y me creía perdidamente enamorado de mujeres de cuyo rostro, hoy que cierro los ojos para evocarlo, no puedo ni acordarme. En un platillo de la balanza ponía el incremento de mis fuerzas, en otro su derroche, y la oscilación apenas se percibía.—Sin embargo, en ciertos momentos me acordaba del río, de la peña, de la tentación, ahora vaga y latente; y era como la memoria de un amor verdadero, que nos asalta entre frívolos devaneos y aventuras sin consecuencia. Es indudable: nunca fuí como los demás; es decir, como la mayoría de los demás.

Un interés especial ha tenido siempre para mí lo que con ella se relaciona. Curiosidad aguda, sobreexcitada, mucho más ardiente en mí de lo que fué nunca (aun en los días perturbados, ácidos como el agraz, de la adolescencia, la de otro trascendental misterio). Este misterio, en efecto, no tiene dignidad; se enlaza estrechamente con lo animal de nuestro ser,—mientras que todo lo referente á ella adquiere un admirable, artístico relieve (excepto, sobra decirlo, las horrendas y antipáticas carrozas—estufas y otros detalles del ceremonial moderno, que me crispan).

Todo esto es cierto, y cuanto más lo examino, fríamente, tranquilamente, á la luz de mi juicio, el único faro que poseo para iluminar la caverna de mi espíritu,—más me persuado de que mi mentalidad no se puede calificar de anormal, dentro de la significación y alcance que da la ciencia á tales palabras. La ciencia! No soy su idólatra. De lo íntimo, la ciencia nada conoce; cada científico se conoce á sí propio... es decir, si es sincero, trata de conocerse, como yo y tú, semejante mío.—En el cerrado santuario de cada alma, la ciencia no puede penetrar. Allí donde los hechos pierden su escueta significación; allí donde las palabras no son capaces de expresar nada; allí donde todo se guarda y cela como incomunicable tesoro,—allí, ¿qué papel representa el propio don Santiago Cajal, señor de todo mi respeto, con sus neuronas?

Oh Camila, Camila inocente (á pesar de tu truchimanería, mundología, recámara, longitud y mano izquierda). ¿No eres más loca tú, hija mía, y no son más locos los que, como tú, se afanan tanto, se sacrifican tanto, en preparación de una vejez que acaso no llegue para ellos nunca?

Después de mi examen de conciencia, no sólo me absuelvo, sino que me canonizo. El que ve la realidad soy yo. Sigo abundando en mi sentido... sigo orientado hacia después.

Comprendo, eso sí, que necesito tierra que pisar, ya que estoy en la tierra. O es preciso irnos, ó poseer aquí algo que justifique nuestra presencia. Un niño: un niño en quien la vida se afirma animosa y triunfante. La predicción de su madre no me alarma: ya haré yo que Rafael viva. No educaré á mi niño, ni como ella en su remordimiento ha deseado, ni como me educaron á mí. Pienso bonificar su cuerpo mejor que las rentas que he de dejarle, y preocuparme más de la composición de su sangre que de sus cuellos á la marinera. Sentiría que se me pareciese... mediante un capricho arbitrario de esos que la naturaleza se permite!... Prefiero que tenga una psicología apacible, una fisiología pujante; que conserve su pureza largo tiempo; que sea atlético y cristiano; que no refine las sensaciones y no se avergüence de los sentimientos; que se case á los veinticinco con una buena moza de caderas anchas, y críe á sus numerosos hijos en el temor de Dios y la convicción de que la vida es excelente, que nacer es un don, y que hay fuera de nosotros y por encima de nosotros una ley que hemos de acatar y un criterio definido que se nos impone...