¿Y yo? ¿Por qué no procedo yo así?

Pch... Porque soy de otra raza, no sé si diga exquisita ó gastada y vieja. Porque empecé temprano á socavarme el alma y á practicar el rito que produce la infinita desolación. Porque soy un envenenado; llevo en las venas la amargura del absintio y el ensueño que vierten los cálices de amapola; porque acaso un abuelo mío fué suicida y una abuela se murió de mal de amores... He de tratar de ahondar en mi genealogía... Si supiésemos la historia exacta de nuestros ascendientes, nos conoceríamos mejor.—Así, mi hijo no conviene que sea de mis lomos: le he buscado hecho ya. Que no me herede la mentalidad...—Y de súbito, recuerdo de quién procede el niño, la inmensidad de pecado que hay detrás de su inocencia... y me asusto.

¡Animo! Yo borraré todo eso. Lo que se ignora, no actúa sobre el alma. El niño no sabrá jamás nada de su origen; haré lo imposible por convencerle de que es hijo mío verdadero.—He consultado á un abogado hábil para arreglar todo, eludiendo las tranquillas, nudos y redes de la ley; este jurisconsulto irá á Sanlúcar, á conferenciar con la abuela de Rita Quiñones, y á orillar, mediante ruegos, y si es preciso, ofrecimientos y dádivas, por todos los medios, cuantos obstáculos pueden presentarse á mi deseo de ser dueño absoluto de Rafaelín. Corto así el hilo que une su destino y su porvenir á la familia maldita, y le aislo para que nunca sospeche... para que no llegue jamás el día de la fatalidad, el día de la revelación,

ce jour détestable
dont la seule frayeur me rendoit misérable...

como dice la reina Yocasta en la magnífica tragedia Les frères ennemis, que releo, cultivando el goce, para mí delicado, del terror antiguo.

IX

Me ha servido de distracción el arreglo de mi nueva morada, un hotelito riente, con regular trozo de jardín, en calle solitaria y nueva. Lo he adquirido, lo he destripado, lo he dispuesto á mi manera, agregándole un ala, y acabo de instalarme en él.

A planta baja, un salón, la biblioteca, el comedor, una antesala; en el principal, mi dormitorio, mi cuarto de baño, mis servidores; en el segundo, las habitaciones de Rafaelín y de la inglesa que le cuida; las dependencias, cocinas, office, en el ala agregada; y la cochera, en un pabellón al extremo del jardín, con entrada independiente. Es curioso que los hombres más distintos por dentro de la mayoría de la humanidad, sean tan previstos y tan gregarios en la mayor parte de sus exteriorizaciones. Apenas terminado mi nido, caigo en la cuenta de que, como los pájaros, me he sujetado á la regla general, al hábito, y que si Camila, con todo su normalismo, fuese la directora de mi instalación, no la haría de otro modo.

El hábito tiene una fuerza singular. ¡Me ha costado trabajo separarme de Camila! Todas las incompatibilidades de carácter que con ella me reconozco, todas las impertinencias de su cominería fiscalizadora, no impidieron que sintiese un penoso hormigueo llegado el momento crítico de la escisión. Ella, por su parte, demostró que la pesaba gravemente quedarse sola, y, con la expresión del que dice «ahí viene la primavera médica, habré de purgarme» murmuró: «Será preciso casarse otra vez. No está bien una mujer, sin arrimo, entregada á sí misma...»

Trini, que vino á almorzar más á menudo los últimos días de mi estancia en la casa fraternal, anduvo unos días con los ojos encarnados y las mejillas tocadas de palidez, allí donde suelen abrirse las rosas.—Por señas, que no estaba ni pizca de guapa así. El llanto puede hermosear á las mujeres de líneas correctas y nobles; á las carirredondas las echa á pique. Parecen la luna en caricatura.