El golpe, para Camila, es tremendo. ¡No sabe cómo explicar á sus relaciones lo sucedido!—«Diles la verdad»—indico yo, siempre irónico.—«Les diré que has tenido un arrechucho á la cabeza»,—contesta ella, siempre hostil. «¡Qué quieren ustedes!», suspirará mi hermana en casa de las gutibambas de Roa, de las presumidas de Granizales, de las cenaaoscuras de Moncada, de las viejas carcomidas de Urizalén.—«¡Cosas que, cuanto más se piensan, menos se entienden!» Y las amigas cuchichearán:—«¡Vaya por Dios! ¡Ya, ya es fastidio! ¡A nadie le faltan contrariedades!...» Y la mayor de Urizalén se volverá hacia la menor, exclamando:—«No sé, Lola, lo que habrá debajo de todo eso... A la fuerza el chico es suyo...» «A la fuerza, Antoñita», repetirá Lola, que siempre opina como su hermana. Y Camila, plegando la frente, sacudiendo la cabeza, pasará la mano enguantada por el manguito de chinchilla, mientras la acercan una mesa volante para que tome el té con comodidad...
De suerte que tampoco las vejezuelas admiten que mi conducta tenga más móvil que la paternidad física. Imposible hacerlas comprender que se pueda ser padre de otro modo. De suerte que los Santos de entraña paternal, los que engendraron con el espíritu, los Las Casas, los Vicentes de Paúl, la salada y celeste Jorbalán, pura, honestísima, que llamaba «mis chicas» á las prostitutas recogidas en el arroyo—habían, sin duda, «tenido que ver...» ¡Miseria, brutalidad humana! Y el cristianismo es letra muerta, texto arrinconado, para las señoras como mi hermana—para la inmensa mayoría de las gentes.
Si el cristianismo no fuese letra muerta... En fin, dejémoslo, que yo tampoco estoy bañado en esa miel, en esa leche de bondad, en ese olvido de sí propio, acaso el único preservativo contra la fascinación de los dos abismos negros que desde el fondo del río me magnetizaban... La fuerza de vivir ¿no eres tú quien la lleva y la reparte con tus manos horadadas, mártir Nazareno?.. Por no pedírtela, yo la busco, egoístamente,—en esta criatura...
No sé si he dicho cómo es. Debo confesar que una de las razones escondidas de mi preferencia por la paternidad espiritual es que me creo incapaz de amar á un niño feo, aunque haya salido de mis venas. Un rapaz con cara picuda ó chafados morros, una especie de monuelo ó tití, de patas zambas y brazos sin proporción; un giboso, un bizco... no, no me parecerían hijos nunca. No habiéndolos deseado así, serían fruto sólo de prosaica aproximación: el ideal nunca echaría flores en mí para ellos.
Rafaelín es moreno. Su testa, de amorcillo pagano, empieza á coronarse de sortijas que un lírico griego compararía á oscuros racimos de vid. La luz de su mirar alumbra y calienta á la vez las facciones, y las dos mitades de guinda de los labios se apartan dejando ver los dientes lechales, completos, diminutos y húmedos de fresca saliva. Sus manizuelas hoyosas tienen el candor amante, el gesto de bendición tierna de las manos del Niño Jesús, que acaricia á San Antonio de Padua. La conformación de Rafaelín es perfecta; su cuerpo, un modelo para escultores de infancias divinas. Cada uno de sus gestos rebosa gracia, y la travesura lozana de los chiquillos sanos. Adora la limpieza y reclama el baño él mismo—caso raro, afirma la inglesa, en babies de los países meridionales—. Ha preguntado varias veces por su madre, y un día lloró sin consuelo por ella, porque no venía, y pidió, en su lengua de trapos, que le llevasen adonde está ella, sin sospechar lo trágico de la petición. Pronto, sin embargo, se disipa la preocupación; el menor incidente, un juguete, lleva su pensamiento fluido, sin consistencia, hacia otra parte. Una observación curiosa es la precoz afición de Rafaelín á la música. Su vivacidad se aquieta horas enteras si oye tañer ó cantar. Esto lo he averiguado porque el ayo de mi hijo tiene algo de artista; toca el violín, el piano—sin pretensiones de virtuosismo, pero con sentimiento.
Contra estas aficiones musicales tan tempranas de Rafael ya estaré yo vigilante, en guardia, para prevenir la ridiculez funesta del niño fenomenal. Le quiero niño natural, llevado de la mano por dos ángeles protectores: el ángel de la higiene y el ángel del juego. Anhelaría embutir sus nervios en sus músculos, como se envaina un arma peligrosa y de envenenado filo en un forro de grueso cuero resistente. A veces sueño para la criatura un atletismo que, mediante la ley de adaptación, le reduzca el cerebro y le convierta en uno de esos dioses bellamente estúpidos, de cabeza menuda y pectorales y biceps soberbiamente desarrollados, que nos legó un período del arte helénico.
De estos planes hablo detenidamente con el futuro ayo, muchacho muy intelectual, que propende á la idolatría cerebralista y al orgullo de la razón. A bien que tengo tiempo de estudiar las manos en que va á caer mi chico, pues, por ahora, no quiero que aprenda ni el abecedario.
Su dueña, actualmente, es la inglesa, miss Annie Dogson, de lo castizo británico, más institutriz que nurse, que se limita á presenciar y dirigir el aseo y tocado de Rafael, hecho como antes por Marichu. Es decir, como antes no: la inglesa ha cambiado todos los métodos y sistemas de la bascongada, que lo sufre agriada é impaciente. El cuarto donde se practican las operaciones de aseo es un primor: miss Annie lo ha amueblado á su gusto, con cretonas Liberty, lacas blancas, estantes de vidrio y lavabo y baño de la misma materia; sabias tuberías reparten agua á capricho de temperatura, y armarios de formas ingeniosas encierran una ropa blanca admirable, venida de Londres, que alegra la vista. Voy algunas veces á gozarme en ver restregar y purificar á mi hijo. Escena encantadora que halaga mis instintos de ultrarrefinado, nunca enteramente satisfecho del semiconfort, estilo clase media, que se permitía mi hermana. Miss Annie, con delantal níveo, manda la maniobra. El niño sale del agua como el capullo sale de la lluvia fina que le refresca. Su cuerpo es un santuario. Ha crecido visiblemente; ha aumentado de peso; en la calle, la gente se vuelve para alabar su gentileza; cuando le llevo en coche á la Castellana ó á la Casa de Campo, leo en las miradas una efusión de simpatía hacia el bello muñeco, vestido originalmente, con tufo de extranjería y de highlife, por el sastre de niños que trajea á los príncipes de la familia real inglesa. Camila, que no ha puesto los pies en mi hotel desde mi instalación, pasa en su berlina, se cruza con nosotros y, sin poderlo remediar, detiene la mirada en la hechicera figurilla. El niño tiene chic... Para el amor propio de mi hermana, que el niño tenga chic es género de consuelo.
El ayo en ciernes, y por ahora inútil, se llama Desiderio Solís. Es posible que al traerme á casa á este mozo obedeciese yo, sin saberlo, á un sentimiento que no quisiera cultivar ni que nadie me atribuyese: un impulso de beneficencia, de compasión, el saborete de hacer feliz á alguien. Todavía me desagrada más tal género de deporte cuando lleva ribetes de interés y de conveniencia. Al favorecer á Solís, si por ahí me daba, no debí señalarle obligación alguna, Cierto que viene á ser como si no se la hubiese señalado, puesto que es honorario su cargo, y hasta dentro de tres años, lo menos, no darán principio sus tareas. Sin embargo, como le he dicho que es preciso que se prepare debidamente, que se empape de pedagogía moderna y que antes de tener alumno tengamos profesor—el hombre está sujeto por una cadena dorada; su tiempo me pertenece, no es libre...
El tal Desiderio Solís—yo al pronto creí que este nombre fuese un pseudónimo literario—pasaba, cuando le conocí, una crujía negra de miseria y de arbitrios equívocos para combatirla. No realizaba ninguna acción penada por el Código, pero estaba en ese resbaladero en que la necesidad apremiante puede inducir al robo si no hay altivez, y al suicidio si la hay. Como muchos proletarios intelectuales, Solís, cargado de conocimientos, se había encontrado en el arroyo, sin medio de dar empleo á sus aptitudes, sin saber á qué aplicar las sabidurías ó los lugares comunes de información almacenados en su cabeza. De los tales proletarios, la mayor parte posee cultura de remiendos, con agujeros y carreras de puntos de media usada: Solís, sujeto á disciplina en el estudio por un tío que era catedrático y que tuvo al sobrino á su lado siempre, mientras vivió, había aprendido con método y orden, y combinado dos clases de estudios que rara vez se juntan: el de los clásicos y la Historia, impuesto por su tío, y el de los autores novísimos y las recientes tendencias, á que le llevaba su afición. Su cabeza, de forma algo prolongada, era un almacén, y, cosa más insólita, al lado de tanta noticia, fecha y hechos, sobre el matorral espeso del memorión atestado, saltaba un chisporroteo de ideas, muchas no previstas y algunas realmente originales. Justamente el rencor, la protesta de Desiderio Solís contra la suerte, en eso se fundaban: en que mientras él se roía los codos, veía solicitados y pagados escritores que no poseían otro mérito sino aquella elocuencia vacía que aparenta decir algo y no dice nada; que recocían y recocían el mismo duro garbanzo, y después lo freían y lo sofreían con picadillo de cebolla de repetición, aderezándolo luego y escondiéndolo en soplado vol-au-vent á fin de que no se adivine lo casero y burgués del manjar. Y de este rencor temo que no le ha curado ni medio aliviado el fortunón—para él tiene que serlo—de entrar en mi casa. A pesar de haber encontrado en ella alojamiento confortable de todo punto, y no despreciable sueldo, Solís continúa acedo, quejoso de su destino. Tal vez ve en el puesto que le ha caído de las nubes la humillación de una especie de domesticidad.