Por este descontento exigente, que no lleva trazas de desaparecer, me agrada más el ayo. Confieso que le hubiese mirado con algún desprecio si, propicio al yugo y satisfecho con el pesebre colmado, se hubiese reclinado muellemente en la litera de fresca paja. Solís aparenta todo lo contrario: en frases sueltas deja entrever la añoranza de sus hambres y libertades bohemias, y hasta lo dice en artículos que le admite algún periódico trasconejado, y que yo he sorprendido. El ansia de independencia es en él una especie de obsesión.
Si yo fuese como el vulgo, el análisis que empiezo á hacer del carácter de Solís me alarmaría, y recelaría dar á Rafaelín un director semejante. La grey suele preferir á los ayos por sus condiciones borreguiles; cada día escasean más los preceptores verdaderamente intelectuales, especie que abundó entre los enciclopedistas del siglo XVIII y que parece haberse perdido. Sea que los hombres de talento tienen hoy más ambición y desdeñan tales funciones, sea que la clase alta y pudiente que paga ayos ha tomado miedo á la capacidad, ello es que el tipo del gran profesor desaparece, y quedan dómines apaisados que practican la enseñanza por recetas, ó pedantes extranjeros, que se dicen personajes en su país y á escondidas gastan papel de cartas con blasones de nobleza. De esta peste véame yo libre. Como elemento extranjero, me basta miss Annie, que realmente entiende á maravilla el riego y cultivo de la planta humana. La tierna plantita confiada á sus cuidados echa rama, se enfresca y lozanea. No me gustan, en cambio, otras condiciones de Annie. Paréceme coqueta al estilo de su tierra, á lo puritano, y con buena dosis de vanidad y aprecio de sí misma; es ultraexigente para sus comodidades, es despótica, intransigente en las horas y reglamento del chiquillo, pero cumple su deber de puericultora con la estricta exactitud que es una de las formas del orgullo británico; y el chico no florecería en manos de Marichu la excelente, como en las de la inglesita de rubio moño y tez de papel satinado.
Así y todo, yo deseaba conservar á Marichu eternamente; pero he aquí que se despide. Brusca y llorosa entra en mi despacho á espetarme que ella no quiere obedecer á una como Annie, que no va á misa, que es hereje.
—¿Qué te importa, Marichu? Ve tú á la iglesia cuanto te parezca; Annie también va, sólo que á una iglesia suya, á su modo.
—Una iglesia pícara, de herejes. Y el señor de Solís, pues, tampoco á misa va.
—No parece sino que tu antigua señora, mi pobre Rita, era alguna monja.
—Monja no era, pues, infelís; pero á misa ya iba, y resos sabía, y murió en grasia, con cura y todo. Al pobre de Rafaelín hereje le volverán, si la Virgen lo consiente. Ya irá á ver el señorito que estos así mala gente son, disgustos tendrá, pues... Yo me marcho; acomodo había buscado. A Rafaelín quise darle un beso en los carrillos y la inglesa me aparta así—la bascongada me cogió por el hombro imitando el movimiento seco, rígido, de la miss—y va y dise que á los niños ahora besos no se les deben dar, que se les pegarían males... Males ella podrá pegar, que yo sano tengo todo, y el alma muy saludable. Siempre á los chicos he visto besar yo, pues, en mi tierra, y aquí lo mismo. Besarse hombres y mujeres sí será vergüensa; á los niños, ángeles del sielo, no. Así es que me voy, señorito; y perdone las mil faltas...
—No, Marichu; perdóname tú—respondí cariñosamente—. Ven á verme alguna vez. Toma, criatura, para que te compres un buen reloj, si quieres...
La propina fué pingüe, y en mí quedó un reconcomio, una lamentación de perder tan leal criada, y una espina de duda y sospecha. ¿Acierto en lo relativo á Rafael? ¿Le rodean elementos convenientes para la formación de su espíritu? Y me propongo observar, observar (con el interés vehemente que produce en mí la observación) á las institutrices y á los preceptores.