Cuando retraso la hora de levantarme y me dejo estar arropadito en la cama, hay días en que experimento una impresión como de hogar, hogar mío, propio. Es que me traen al niño para que me dé un beso.

Solís se encarga de esta ceremonia, incompatible con el pudor de la inglesa. El niño se me presenta ya hecho una lechuga, oliendo al jabón Pears y á los vinagres caros y deliciosos que he mandado venir para su tocadorcito. Trepa por mi cama arriba y me abofetea á sus anchas, hartándome de caricias zalameras. Yo, riendo, procuro despertar en mi corazón el abandono de confianza, la ceguedad amorosa que inspiran los hijos de nuestra carne. El día en que noto á manera de una pared invisible entre la criatura y mi alma; el día en que, á pesar mío, murmuro sordamente «esto es una comedia de familia», estoy de murria la mañana entera.

Ha sido siempre uno de mis padecimientos íntimos, de que no es posible quejarse y que no veo medio de remediar, este defecto ó este exceso en mi funcionamiento cerebral: la repetición de ciertas frases insignificantes, mezquinas, por lo común irónicas contra mí mismo, que se me clavan en el magín y que, como cansados estribillos, repito sin voz, mudamente, con insistencia insufrible. Ignoro por qué se produce el fenómeno, é ignoro cómo contrarrestarlo. Hay coplejas de sainete; trozos de música murguista; cláusulas tontas de conversaciones ajenas; dichos, por ejemplo, de Camila, de cuya obsesión no acierto á verme libre. En mi involuntaria cerebración entran también los nombres raros, motes y apodos que doy, sin querer, á cosas y personas,—y por los cuales las conozco, interiormente, mientras olvido sus nombres verdaderos. Lo de la comedia de familia lo tengo ahora metido en no sé qué casilla, sin acertar á desalojarlo. Cuando presido la mesa observando los movimientos de Rafael y admirando el minucioso esmero con que Annie le hace comer limpiamente y corrige sus menores defectos de tenue; cuando, servido el café, me arrimo á la lumbre encendida, y el niño, á pasito corto, se me acerca y pone sus labios en mi mano, balbuceando la primer frase británica: Bless my, good father... todo este gracioso aparato de ternura y respeto despierta la voz sorda, la voz muda: «Comedia de familia!»

—¿Acaso—discurro—no hay algo de comedia, no hay un histrionismo involuntario en los actos más serios y más sinceros de la vida? ¿No preparamos con arte (y qué es el arte sino perpetua comedia) las protestas de amor, las demostraciones de amistad y hasta las manifestaciones del dolor, que debieran ser tan inconscientes como el grito que el mismo dolor arranca? ¿Dónde está la santa inconsciencia? ¿Dónde el olvido de nosotros mismos?

De estas cosas y de otras converso con Solís. Como deseo conocerle bien, prescindo con él (en cierto límite) de mi reserva. Se ha roto entre nosotros el hielo; hasta discutimos; y, sin embargo, no nos une ningún vínculo de afecto: nuestra comunicación es del corazón para arriba, en absoluto. En ambos domina el cerebro, acaso influído por los nervios, y en ambos existe, creo haberlo notado, igual desconfianza de todo, igual sentido escéptico y pesimista,—para dar á estos males su nombre vulgar y resobado, y que, realmente, nada expresa de lo más hondo de su inquieta zozobra.

Fué muy lenta en establecerse esta comunicación. Encerrado él en su mutismo de asalariado soberbio; habituado yo á esconder como un tesoro el doble fondo de mi pensar,—las relaciones se iniciaron en pie de sequedad y glacial cortesía, actitud que, si no se corrige en los primeros ocho días de contacto, corre ya peligro de eternizarse ó de convertirse en acerba hostilidad, á poco que los temperamentos sean refractarios. Una reflexión que me hice contribuyó á suavizar mi gesto; discurrí que el deseo de adherirme á la vida mediante la comedia, ó lo que sea, de la paternidad, me impone también la ley de acercarme un poco á mis semejantes, de salir de mi propia caverna, como el oso de las épocas primitivas se echaba fuera de su espelunca á caza de frutos y de miel silvestre.—¿Qué me costaba intentar la prueba? Dicen que es tan bueno eso de contar á otros lo que nos pasa!.. Además, yo sabré evitar el relato necio de mis cuidados íntimos. Hablaré con astucia, para registrar el pensamiento del preceptor sin abrir el mío...

A toquecitos, sin prisa, á esas horas perdidas en que ningún quehacer apremia, voy penetrando en la mentalidad de Solís—penetrando todo lo que él me consiente, que, á la verdad, es poco. Se defiende, se emboza, se encastilla en las moradas interiores—como supe encastillarme yo con Camila, con Trini, con los amigos de círculo, cervecería y café—. Comprendo, sin embargo, que esto no lo hace por reserva, sino cohibido por la idea de que la clase de relación entre nosotros veda las expansiones. Entonces le insinúo que, justamente, si he buscado para Rafaelín, que, por ahora, no puede empezar á educarse, un profesor intelectual,—es para tener alguien con quien hablar de mis lecturas y entretener las horas de las tardes de invierno en que llueve y, captado por la chimenea, no hay ganas de echarse á la calle.

Solís lee mucho; es un tragalibros desenfrenado. Se habla de los beneficios de la cultura, y no sé (es una de mis graves incertidumbres) si no debiera pensarse en los efectos de las intoxicaciones librescas. Es imposible que esta sobresaturación cerebral no gaste las fuerzas de resistencia del hombre contra el Misterio. La percepción confusa del Misterio, al hacerse aguda, causa vértigo insano. «Quien ciencia añade, dolor añade», dijo el soberano poeta hebreo; y una comprobación de esta creencia mía la hallo en el estado de alma del otro torturado (que debiera sentirse dichoso, puesto que ha resuelto, gracias á mí, el problema de la vida material). Una vez más logro cerciorarme de que la solución de la vida material carece de importancia: que el dolor está más adentro.

—¿No se le ocurre á usted—pregunto á Solís—que los autores de muchos libros que leemos nos quieren mal, y deliberadamente nos causan disgustos?

—No, señor—contesta Solís—. Lo que creo es que son unos inocentes, unos niños de teta. De lo grave, de lo terrible de nuestro sentir, no dan idea los libros, como no la dan los novelistas ni los autores dramáticos de las verdaderas novelas y de los verdaderos dramas que se tejen en la vida. Si yo encontrase un libro tan amargo como un alma, proclamaría á su autor el genio más sublime! Sólo el Eclesiastés...