Convinimos en que sólo el Eclesiastés, y acaso Job, se acercan un poco á lo que «anda por dentro». Es raro que en épocas que nos parecen primitivas se escribiese ya «Mi alma aborreció mi vida»; la frase más exacta y profunda que cabe escribir... Indudablemente no hemos inventado cosa alguna en esta materia, y si absorbemos con avidez el libro nuevo es por esa curiosidad irritada del estético que visita una Exposición moderna, seguro de que no encontrará allí ni la Primavera de Botticelli, ni la Ronda de Rembrandt. La historia nos refiere dramas, sin cuento, pero son dramas por fuera; el drama de la conciencia es siempre el mismo.
—Con todo—el objeto—, hoy, no cabe duda, la gente se suicida más que en otras épocas.
Solís se rasca el mentón la lampiño y columpia el pie derecho: tiene este tic cuando cavila, y dos ó tres veces he visto á la inglesa, que pesca todas las incorrecciones, fruncir el rubio ceño al notar este vicio del profesor. Después dice, como resbalando:
—Bah... Hay muchas maneras de suicidarse. Hay varios géneros de vida que suprimir. La vida se suprime en el ascetismo, en el cenobio, en los campos de batalla. Tanto como se ha guerreado y tanto como se ha llorado de penitencia, se reduce á eso: suprimir la vida y dar culto á la muerte.
—Sí; los antiguos la miraban como á una bienhechora.
—Y á mí se me figura que acertaban. La malhechora es la vida. Vivimos entre incertidumbres, errores, enfermedades, necesidades, pasiones, engaños. Todo miente, quizás, menos ella. ¿Cuánto más cruel es, por ejemplo, el amor?
—¡También éste la llama ella!—discurrí yo, sorprendido—. Por una contradicción de que pocos hombres se eximen, el encontrar en Desiderio Solís mis propios sentimientos me molestó. En primer lugar, yo tenía mi orgullo de pensador solitario, superior á la muchedumbre, y me amenguaba á mis propios ojos el formar parte de una grey, aunque no fuese de la grey común, sino de otra más reducida y selecta. En segundo lugar, estos pensamientos, que en mí no me parecían peligrosos, en el futuro preceptor de mi hijo me alarmaban terriblemente. Claro es que nadie enseña ciertas doctrinas á un chiquillo, y yo no ignoro que determinadas ideas son poco comunicables; ó brotan de suyo, ó no nacen aunque las siembren á boleo. No obstante, las almas trasudan y rezuman, en cualquier ocasión, su hiel ó su miel... ¿Convendrá para Rafaelín un alma de miel y cera, un alma continente, casta, dulce, impregnada de aromas? ¿Un alma de abeja ebria, que cree en el dulzor porque lo lleva consigo?
Con más ahinco que antes fijé mi lente en el joven ayo. Empecé por desmenuzar su tipo físico. Debe de proceder de familia hidalga (el apellido lo indica) porque tiene las manos delicadas, largas de dedos, como las de ciertos retratos del Greco, y los pies estrechos y bien curvos. Su busto es mezquino, sus piernas carecen de gallardía, sus muslos no se acusan, su cuello es flaco, pobre. La cabeza, oblonga, arde en vida psíquica; la mirada, demasiado fija, es difícil de sostener; la nariz es irregular, algo torcida, y la mandíbula saliente. El pelo se insubordina; algunos mechones crecen en sentido contrario. Ha debido de sufrir privaciones en la edad del desarrollo, y su figura es, como la de tantos españoles estudiosos y que ni se bañaron ni comieron ni jugaron, una figura frustrada. El bigotillo da á la cara cierto aire provocativo, juvenil. La frente huye hacia el occipital—señal de desequilibrio—. Viste desgarbadamente, y no es pulcro con exceso; malos hábitos de bohemia subsisten en él; miss Annie suele hacerle observaciones agripunzantes cuando le ve tirar al suelo la colilla del cigarro, ó apagarla en el platillo de su taza de café, ó escarbarse con el palillo las encías, ó usar el cuchillo indebidamente, ó echar migas en el mantel.—«Oh! aoh! Míster Sólis!»—murmura ella; y él, enfurruñado, impresionado, se corrige.—«Miss Annie, no eduque usted solamente á Rafaelito... Yo soy otro niño á quien tendrá usted que enseñar...»—Abundo en el sentido de la inglesa, porque soy pulcro, y con la edad madura, mi pulcritud va degenerando en quisquillosa manía. He puesto á disposición de Desiderio Solís, dos horas al día, á mi propio ayuda de cámara, Tadeo, ducho ya.—«Tírale la ropa vieja, preséntale otra nueva... Que se bañe... Que se calce bien; ya sabes que no puedo aguantar la vista de una bota torcida ó juanetuda...»
Lo extraño es que este mozo, que á veces huele á tabaco frío (tengo sagacísimo, oh desventura! el sentido del olfato), no demuestra que le impresione como superioridad mi exquisitez. Se me figura que es él quien se cree superior á mí; que en el cálculo del valor de hombre á hombre, rebaja mi primor y exalta su diogenismo. Acaso entiende que dentro de mí hay vallas, hay reparos, hay recatos, hay respetos, lo que á él le falta; acaso me juzga piadoso, compasivo, altruista—y él se reconoce desentrañado, fuerte, más bárbaro y más alto por dentro que yo. Ve que amparo á un niño huérfano; ve que le hago bien á él, á Desiderio Solís, sin exigir utilidad en compensación del beneficio... y me toma por un buen señor, explotado, y por consecuencia vencido, esclavo, sumiso moralmente. ¡Qué satisfacción experimento al conocer que no es así! Estoy desnudo de compasión, desnudo de bondad, soy exaltado en mí mismo, despreciador de los otros... Si he recogido al niño ha sido por instinto egoísta y de conservación; por no dejarme llevar del atractivo que ejerce sobre mí la Guadañadora. ¿Yo un rasgo sentimental? ¿Yo una debilidad? Si llegamos á chocar, ya verás, pobre muchacho, cómo me reviste una coraza, pero interior; las corazas que van por fuera y se ven, ¡esas enseñan las juntas!
Sólo pensar que se puede tener de mí tal opinión, á pesar de mi desdén hacia la opinión de los demás, me subleva, me alza borbotones de ira. Como que yo he puesto mi orgullo en la corrección de mi sensibilidad, la cual no ha de parecerse en nada á la de la multitud. Ni quiero ser eso que llaman bueno, ni menos apiadarme de nadie, porque la piedad es un descenso; el hombre superior es insensible; está revestido de bronce. Todo cuanto hago, incluso lo que ofrece aspecto de buena obra, hágolo por propia conveniencia... Así es que me dedico á desarrollar ante Desiderio mis teorías, demostrándole hasta dónde llego. Me complazco en sostener que la vida, para mí, sólo tiene el escaso valor, valor relativo, que tuvo para las ilustres minorías de todas las épocas, desde los epicúreos griegos y romanos hasta los actuales, más delicados y artistas, quizás, en sus exigencias de goce. Deseo que sepa que mi enfermedad es privilegiada y mi mal es el mal de los poderosos. Ansío convencer, á este único testigo consciente de mi vida privada (miss Annie no se cuenta, es una utilitaria, una práctica como Camila, pero al estilo peculiar de su raza sajona), de que guardo depositado y concentrado el ajenjo que destilaron los siglos en el espíritu del hombre; de que he calado la existencia; de que conozco la miseria absoluta de nuestro destino, y que, para mí, vale más el no ser que el ser.