—Una noche en que dormimos completamente, sin pesadillas ni sueños, es lo que mejor recuerdo nos deja—le digo á Solís, al colocar otra vez en mi tántalo (regalo de antaño de Camila, para que los criados no puedan gulusmear los licores caros, las esencias líquidas que yo uso) la botellita del Kummel—. Saque usted la consecuencia...
—Ya está hecho—responde él, saboreando su copa con fruición evidente—. El sueño completo, sin despertar, sería lo mejor de todo. Y en el despertar no creo... Nuestra vida se va entre una espiral de humo—añadió, encendiendo desdeñoso el legítimo habano que yo acababa de ofrecerle.
—No le diré que acaso hay fuego en la sima—discurrí cobardemente—. Me tendría por timorato.—Sin embargo, buscando una forma que revele superioridad:—¿No cree usted en el despertar?—interpelo en alta voz—. Le felicito. El no creer es ya género de fe en algo. ¡Cree usted que no cree!... una creencia como otra cualquiera. Yo, á la verdad, de eso... ni sé, ni creo, ni descreo palabra... Creer ó descreer es ofender al Misterio, única realidad en todo lo que nos rodea. Envidio á usted la firmeza de su convicción.
Solís, algo picado, paseó el mirar por las brasas de la leña, brasas ya casi innecesarias, porque Abril se anuncia suave y benigno.
—Convicción no es—murmuró—. Es apatía, ó indiferencia, ó como quiera usted llamarle. Es que acaso damos por supuesto que la vida encierra un enigma, y no encierra nada: está hueca. Él fenómeno, la substancia... vacío todo, como dijo Saquiamuni.
—Apostaría yo—indico, recostándome en el sillón y encendiendo también en la lamparita de plata martillada el cigarro aromoso, seco, fino—que, como es usted joven, hay algo que no le parece tan vacío. ¿Ilusiones de amor, eh?
—¡Ojalá nunca!—responde estremeciéndose ligeramente.
—¿Por qué, amigo mío?—pregunto indiscreto.
—¡Ah! Por nada—responde él, evasivo, encogiéndose de hombros.