Los primeros calores empalidecen las florecientes mejillas de Rafael, y su dulzura de Niño Jesús de San Antonio se transforma en abatimiento. Consulto, y me ordenan llevarle á un sitio fresco: si es posible, al borde del mar.—Y tan posible como es. Me le llevo á la casa de Portodor, donde he pasado días de mi edad temprana. Hace muchos años que no la he pisado; he solido, en verano, viajar por Suiza y Alemania; pero Camila, consecuente en sus hábitos de sabia previsión y buen gobierno, no quiso dejar en el abandono esa finca, y al residir allí cortas temporadas, de seguro cuidaría y arreglaría la antigua residencia. Sin embargo, para cerciorarme—como me sería muy desagradable encontrar camas duras, vajillas desportilladas y muebles ratonados,—me resuelvo á visitar á mi hermana, pegando un martillazo á la costra de hielo de nuestra casi ruptura.
Camila me recibe afabilísima. La mujer práctica ha echado sus cuentas y comprendido que es inútil y bobo reñir con nadie, á menos que reporte provecho. Su amabilidad, sin embargo, se asemeja á la que demostramos á los locos ó semilocos, á quienes, en opinión de la gente, no se debe «llevar la contraria»; con quienes no se discute. Me invita á almorzar, y acepto, telefoneando á mi hotel para que no me aguarden Desiderio y Annie. Expongo mis propósitos, formulo mi interrogatorio. ¿Hay en Portodor siquiera lo necesario? Porque con añadir lo superfluo...
—Lo necesario para ti es mucho, Gaspar—responde melífluamente Camila.—Para mí, y para la mayoría de los mortales, aquello se halla habitable, y hasta cómodo. He renovado infinitos trastos; he puesto el salón de cretonas alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. Mira, es más sencillo: tengo el inventario; te lo doy, y tú señalas en él lo que falte. ¿No te acuerdas de que hace cuatro años se gastaron allí algunos miles de pesetas, que tú pagaste, claro, porque la casa es tuya? No creas que vas á meterte en un palomar. Donde yo paso, pongo orden.
Apareció el inventario, un cuaderno de pliegos de papel de barba, de letra redonda, española. Estaba firmado por el mayordomo de Portodor,—todo en regla. Lo guardé en el bolsillo, y descascarando una mandarina, invité:
—Sabes, Camila... Me alegraría de que te animases á la temporada en Portodor... ¿Por qué no, dime?
Ella, con los gajos de otra mandarina entre los dedos, sonrió y me echó una ojeada de soslayo.
—Hijo mío... eso no me lo pidas. Sería difícil complacerte.
—Pero, ¿por qué?
—¿No te enfadas?
—No. Palabra de honor. No me enfado; di lo que gustes. Hace meses que no me diriges ninguna observación, y ya me saben tus reparos á fruta nueva.