—¡Gracioso! Pues... porque no me gusta autorizar ciertas cosas; basta y sobra con lo que se dice, sin que yo...
—¿Se dice? ¿De mí?
—De ti, y de la inglesa.
—¡Bah!
—Y no es eso sólo... Hay quien muerde á propósito de la inglesa y de ese preceptor que tomaste, supongo que para la inglesa, ¡puesto que el chiquitín, por ahora..!
—¡Pch..!
—Bueno; allá tú; yo no digo ¡pch!; yo estimo mi reputación y mi formalidad, Gaspar querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese tuyo de verdad, la gente no comentaría el personal de servicio que eligieses. Como les extrañó tanto lo del chico—y no era para menos—tienen fija en ti la vista; me sacarían á tiras el pellejo si viviésemos juntos una temporada. Por otra parte, criatura, la miss es conocida; ha servido en casa de los Altacruz, y coqueteaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus amigos; parece que pica alto y que se ha propuesto casarse con un español de fuste. Todas estas carabinas se proponen otro tanto...
—¡Ssss!—desdeñé—. Lo que es conmigo... Por otra parte, estoy encantado de su servicio, Camila. Es un cronómetro inteligente. La he subido el salario.
—Pues amén... Yo no tendría un aya así, bonita y que se las trae... En fin, iré á Portodor cuando regreses á Madrid con tu tropa; ¿supongo que pasarás allí Julio y Agosto?
—Me lo figuro... Según le siente á Rafael.