—Mira—articuló Camila sirviéndome café galantemente—, lo que puedo hacer es ir á verte un día desde el balneario de San Roque. Yo no necesito las aguas, pero Trini desea que la acompañe. ¡Pobre Trinita! Padece neurastenia, desórdenes..., algo que á veces proviene de estados de ánimo especiales. Como hay escasamente dos leguas de San Roque á Portodor, si se anima Trini, iremos á pedirte de merendar.

—Iréis á almorzar; no faltaba más. Es una jornada.

—Veremos, veremos... Ha de ser una excursión sin ruido, de las que en verano pueden hacerse, porque nadie se fija... Ya te escribiré desde allá, si vamos—que todavía no está Trini resuelta; dudosa anda entre esas aguas y otras de Baviera, muy elegantes y muy confortables... Oye—añade Camila—, quiero que sepas que me he traído de Portodor unas sillas antiguas, Imperio, preciosas; me dieron lástima allí; son las del gabinete. ¿Deseas llevártelas? Te llevarías lo tuyo...

—¡Qué disparate!... Son tuyas antes y ahora.

Con esta cordialidad nos despedimos. Salí despreciándola como nunca, en una crisis de sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, se reveló por una carcajada que hizo volverse á un aprendiz de zapatero, portador de un par de botas flamantes de caña mastic. Para Camila, bienes y males están en las bocas y opiniones de los demás. ¡Y qué recurso tan pobre el de la supuesta enfermedad de Trini! Será algún infarto al hígado, de tanto apretarse el corsé... Cátate que me la quieren pintar desmayada de amor y ternura...

Empiezo mis preparativos; doy mis órdenes. En los días que preceden á mi marcha me dedico á recorrer, por despedida, algunos de los sitios habituales: Ateneo, café, cervecería, teatros, corros de trastienda de anticuarios y libreros de viejo. No soy misántropo; soy diferente, lo cual no me quita la sociabilidad. Hasta concurro, una vez al mes, á ciertas tertulias de las que mi hermana frecuenta, y escucho las conversaciones, estudiando mucho al hacerlo, deleitándome en el curioso contraste de la charla oficial y la historia auténtica que se conoce... Debió de ser en un teatro, en los pasillos, donde me hablaron de Desiderio. Hurones, periodista de esos que podrían biografiar cruelmente á Madrid entero, que sólo hablan para murmurar, y en desquite sólo escriben alabanzas, me interpeló:

—¿Y qué tal Solís? Está ahora mejor de la cabeza? Cuando usted se lo lleva, señal de que el pobre chico habrá sanado.

—No lo crea usted—respondí con perfecto aplomo—. Enfermísimo continúa.

—¡Vaya por Dios! Pues yo supuse que era la... la escasez... lo que le tenía... así. Le conocemos mucho en la redacción; traía artículos y rara vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya ve usted, los nombres nuevos... El público exige firmas acreditadas... Los artículos que se le tomaron (aquí Hurones bajó la voz) fué porque se me figura que el director le cogió un poco de asco á Solís, que es muy violento.

—Ya, ya lo he advertido—respondí, consecuente en mi sistema de darme por informado, para que Hurones no se replegase—. Es un carácter impulsivo, de esos que pueden conducir á ¡qué sé yo!: hasta á monomanía homicida...