—Ajá! Eso, monomanía homicida... No me acordaba del nombre técnico. ¡Si dicen que varias veces quiso matar á... no sé cuántas personas! Y un día hasta nos trajo un artículo ponderando el goce que al matar se siente... De modo que, para saberlo de cierto, á alguien habrá escabechado... El director, naturalmente, devolvió el tal artículo; se nos hubiesen dado de baja infinitos suscriptores!

—Pues, además de la manía homicida, tiene otra muy mala: la suicida—afirmé intrépido.

—Ah! Eso nos consta á los del periódico... Quiso arrojarse por el viaducto y se lo impidió el guardia. El lo negó, pero...

—Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasión se envenenó, sólo que llegó á tiempo el contraveneno—asentí imperturbable—. Hasta tiene en su cuarto un sable japonés, de los de abrirse la barriga.

Hurones me miró con recelo y escama, olfateando burla.

—Pues ¿cómo le conserva usted en su casa y al lado del niño? No teme usted..?

—Es una experiencia psicológica que hago—declaré fríamente.

—Será una buena obra... El ha de sanar, con tal que coma y tenga remediadas sus necesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, yo no viviría descuidado. No se sabe...

Es imposible que exista en el universo persona cuya opinión me importe menos que la de Hurones; todavía me creo más predispuesto á seguir una prudente indicación de Camila. No obstante, la noche en que me dijo las anteriores tonterías, cavilé buen rato á solas. Eso de estar ó no estar sano de la cabeza... ¿dónde habrá una frase tan holgada y tan ambigua? ¿No dirán de mí lo mismo? Camila lo cree; para ella soy ni más ni menos que un temible perturbado... cuando, en el terreno de la acción, soy un excelente sujeto, que á nadie molesta y que ha recogido un huerfanito y le mima y educa. Nunca comprenderán los pobres diablos sin substancia gris el cerebralismo, donde nos refugiamos, porque justamente nuestros actos no corresponden, no pueden corresponder con nuestros ensueños. Una noche en que Desiderio—hambriento, con la bolsa vacía, aterido de frío bajo el terno de verano, de odiosa lanilla nacional, que no había podido sustituir por un paletó acariciador y denso—pensó estoicamente en sensaciones supremas, en goces extraños y embriagadores que el dinero no compra, se acordó, sin duda, de que hay perversa y diabólica ventura en extinguir la vida (mayor, quizás, que en crearla); apacentó su espíritu en lo que yo lo he apacentado con tal frecuencia, en lo estético del morir y del matar, raíz de toda belleza, esplendor del heroísmo, justificación de la bajeza del vivir—y, seducido por la magnificencia íntima de su idea, la ha garrapateado en cuartillas (estos debilitados y mal alimentados no saben retener el pensamiento arcano, el secreto que es para nosotros) y ha llevado las cuartillas á una publicación. Naturalmente: susto, alarma, anatema para el protervo... Y, en él, la idea, disuelta ya en el acto—porque escribir es modo de hacer, y los que menos realizan las cosas son los que las han confiado al papel, quedándose libres de la sugestión.—Escritores castos cultivan el erotismo; escritores bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasamos por tres estados sucesivos: pensar, decir, ejecutar. Contados hombres simultanean los tres estados. Desiderio ha escrito; luego no hará cosa ninguna. Jugaremos con el pensamiento grave y sublime de la muerte; rondaremos su negra puerta—sin entrar... Nos hará señas su mano de marfil—marfil óseo; nos llamará la elegante diestra gótica, sin carne—y responderemos que somos platónicos amadores, que la suspiramos desde lejos... ¿Cobardes? No; pacientes. Ella vendrá...

—¿Tadeo?