—No me ha consultado para sí—contestó el doctor.—Se trataba del chiquillo.

—¡Pero si ella parece enfermísima!

—Y lo está. Sólo que pertenece al número de las enfermas que no quieren hablar de su mal, suponiendo que si no le llaman por su nombre, el mal no acude. No he visto mujer más impresionable. Me gustaría que se consultase, porque debe de ser un caso.

La segunda vez, el doctor—mirándome con escama algo guasona, sorprendido de mi interés por aquella esmirriada—amplió las noticias. Se llama Rita Quiñones, y vive estrechamente, con una criadita, en un piso bajo de la calle de San Lorenzo. No es casada. No es tampoco una mujer galante... Parece andaluza. ¿Sus antecedentes? Ignorados.

Al encontrarla de nuevo, conseguí hacer migas, adulando al niño, acariciándole y regalándole bombones. Obtuve permiso para visitarla, á pretexto de llevar un juguete, y lo aproveché en seguida. Sin manto, con pañoleta de linó y encaje, raída á fuerza de lavados, y dejando asomar por debajo de la falda de lana negra un pie combado, pequeño—era más marcada aún la semejanza con algunos de los inquietadores modelos del Sordo.—Me empeñé en que hablase de sí misma, y, en cierto límite, lo conseguí fácilmente: estaba en uno de esos días en que á los neuróticos se les sale parte del alma por la boca. Según creí alcanzar, mi visita, mi solicitud, la alborozaban; parecíanle caso de enamoramiento, y ella era mujer: sobre todo, mujer. No cometió, sin embargo, provocación ni grosería alguna, de esas que suelen gastar las decaídas: al contrario, me pareció notar que miraba con instintiva repulsión las demasías, las materialidades. Su amor al niño era una mezcla de fiebre y ternura: le nombraba con compasión dolorosa, con palabras como las que se pronuncian á la cabecera del enfermo desahuciado, ó al apiadarse del reo que va á salir para el suplicio. Cuando le di el caballito de cartón, causa de transportes de júbilo, la madre murmuró:

—Que se distraiga, que goce... Siquiera mientras pueda gozar, alma mía...

Su voz es deliciosa, cristalina, menuda; su fraseo púdico y decente, en medio de la vehemencia de su expresión y del violento afán con que repite que es «mala», «muy mala». He aquí lo curioso y lo atrayente de esta mujer: no miente, es de las histéricas verídicas, que son las menos; calla, sí, algo, sin duda lo más grave de su historia.—Es versátil. Lo que ayer sintió de un modo, lo siente mañana del opuesto; y del propio modo se trata á sí misma de maldita y de condenada, con la expresión más tétrica en los abismos de asfalto de sus grandes ojos, que se disculpa, se conmueve de lástima de sí propia. Me ha contado que nació en Cádiz; que su familia era antigua, y de las buenas, venida á menos; que después de apuros y miserias estuvieron en Manila varios años...

—¿Empleado alguien? Su padre de usted...?

Al nombre de su padre, los ojos hondos y calenturientos se velan como de una nube de humo... Sin duda el papá se mostró inhumano para ella; y continúa:

—Sí, empleado fué... ¡Qué tierra aquella! Calor pegajoso... y está uno tan flojo, tan débil... Falta el ánimo, todo le da á uno igual... A eso llaman aplatanarse... Luego nos volvimos á España... En Madrid nació Rafaelín, pobrecito mío...