No me resuelvo á insistir. La veo tan descolorida, tan desencajada, que aplazo. He percibido que aquí está la clave...

Mes y medio hace que dura nuestra relación (¿se puede llamar relación á esto?) y ninguna tarde encuentro igual á Rita. Tan pronto canta y ríe infantilmente, como yace tendida en un sofá forrado de damasco muy raído, languideciendo, casi sin aliento, en la angustia de la disnea. Un día me enseña el pañuelo estrellado de sangre; otro me pide violetas y dátiles y bruños secos, y se atraca como los chiquillos. Ya habla del amor con murmurío estático, ya lo diseca con buen sentido de abuelita septuagenaria, ó lo condena con crispaciones de repugnancia espiritualista. Y no hay ficción, no hay cálculo: lo que fluctúa en sus ojazos es el oleaje de su alma inquieta, torturada no sé por qué. Sólo dos sentimientos invariables encuentro en ella. El primero, la idolatría de su hijo. El segundo, un pavor, un sobresalto casi continuo, el miedo á la nada, á la disolución de su organismo.

—¡Morir!—repite cogiéndome la mano con la suya, húmeda y ardorosa.—¿Verdad que no me moriré? ¿Verdad que no es nada esto que tengo? No, no me repita usted lo que sepa por el médico; si yo no he querido consultarle. Al fin, no le curan á uno. Prefiero no saber...—Y cierra los pozos de sus ojos, y un estremecimiento sobrenatural corre por todo su cuerpo y se comunica al mío.

—¡La he visto, la he visto pasar!—grita una tarde saltando del sofá, con las pupilas dilatadas—. Es una sombra grande, muy alta, que llega al techo. ¡Ha salido por la puerta de mi alcoba y ahora acaba de desvanecerse en la del pasillo! ¿Pero usted no la ve...? ¿No la ve?

—¿A quién, Rita, á quién?—respondo chancero.

—A la Seca, á la... ¡Jesús!

Y se cubre el rostro, y su temblor, como un aura del otro mundo, le eriza el fosco pelo goyesco.

No sabiendo cómo distraerla de la aprensión y los terrores, la he propuesto ir al teatro algunas tardes. Ha aceptado palmoteando de alegría. Compro un proscenio segundo, localidad vergonzante, y la llevo en coche; nos bajamos un poco antes de llegar á la puerta del teatro, y ella entra sola; yo me reúno momentos después, disimulo que me impongo para que no me importunen con chismes y habladurías. Rita lleva sus acostumbrados trajes de lanilla negra, muy pobres, y como nota de lujo, un boa blanco de pluma que yo la he regalado. La agitación y emoción de su contento trazan en sus pómulos una pincelada de carmín, demasiado violenta, sin el suave desvanecido de las rosas clásicas. Sus manos consumidas bailan dentro de los guantes, también ofrecidos por mí, manejando el abanico con garbo típico de maja gaditana. Yo aparezco poco después, y me quedo agazapado en el fondo del palco. Empieza la representación. Rita se pone de codos en el antepecho, saca fuera el busto, y bebe, absorbe el drama; ó mejor dicho, el drama la absorbe á ella, la arrebata momentáneamente á la realidad, la desprende de sí propia; como la de los extáticos, su alma sale de su cuerpo minado por la enfermedad, codiciado y reclamado por la tierra, y se mete en el cuerpo vibrante de la actriz; sus labios, en un balbuceo, repiten los párrafos más conmovedores, las frases más efectistas; y mientras el agua que duerme en el fondo de sus pupilas tenebrosas salta un momento á la superficie, en chispas de diamante, se vuelve hacia mí y repite:

—¡Qué hermoso! verdad? qué hermoso!.. Me enternezco! ¿Qué, á usted no le gusta?

Sonrío y contesto que sí me gusta mucho. No tengo pujos críticos cuando estoy con Rita. Todo es admirable; el almizcle de París que desempaquetaron la víspera, el bacalao de Noruega de Ibsen, la ferranchinería romántica, las moralejas garbanceras, sensibleras, genuinamente nacionales, el efectismo de chafarrinón... No me importan estilos, géneros, corrientes, ni moldes; en pos de la neurótica, aprendo á viajar por fuera de mi juicio. Alguna vez que se me ha ocurrido censurar al autor, sonreir de una inverosimilitud, Rita me ha atajado, murmurando: