—En la vida pasan cosas... ¡vaya! más gordas que todo eso!
He sacado en limpio que Rita vive de una pensioncilla que le pasa su abuela materna; que su madre murió hace bastantes años; que de su padre no se sabe á punto fijo el paradero;—se le sospecha en Manila otra vez,—y que la abuela, señora pudiente de San Lúcar, aunque manda á su nieta limosna, no ha querido volver á verla: sin duda la maldice. Mi información ha sido fragmentaria: hoy arranco un pedacillo de verdad, mañana otro; y queda, detrás de los hechos escuetos que voy ensartando como pájaros muertos por varilla de cazador, un infinito de historia, un secreto que presiento y que me irrita, como la fragancia de vino encerrado, inaccesible, al bebedor de oficio.
Mi tesis con Rita es persuadirla indirectamente de que morir no hace mal; de que el instante decisivo no lleva aparejado ningún tormento. Observando que cuando ha dormido bastantes horas está contenta, la predico la identidad del sueño con la muerte, sin más diferencia que el instante del despertar, y algunas sensaciones que preceden al punto de dormirse.
—¡Sí, sí, pero... ese despertar!—gime aterrada la española.—Cuando las personas son como yo! tan malas, tan malas!
La ofrezco el trivial consuelo de la frecuencia, de la insignificancia de la culpa. ¿Quién no es culpable? ¿Está el mundo lleno de santos ó de pecadores?
—No todos los pecadores son iguales... Hay pecados de pecados...—Y la afirmación de la infeliz se completa con un relámpago de su mirada, velado inmediatamente por una niebla de incurable amargura. En estos momentos yo la acaricio para calmarla, sin rastro de maliciosa intención; ella se desvía—porque es la española, que no concibe que un contacto de hombre y mujer puede nunca ser inocente.—Un día, sin embargo, me somete el caso de conciencia. Yo la estoy hartando de finezas, de regalos para ella y Rafaelín... ¿La creo obligada á complacerme?... ¿Mi objeto es acaso...?
—No es ese mi objeto, Rita. No piense usted disparates. Soy un amigo.
Me toma una mano y me la estrecha con devoción. Sonrío y saco del bolsillo una cajita de cartón rosa llena de tabletas de chocolate, de las caras. Rita adora el chocolate; me arrebata la caja, y con transporte de criatura indisciplinada, antojadiza, hinca el diente á la golosina helvética, dándome las gracias con un mirar risueño, aclarado de alegría.
Mientras ella mordisquea, yo la considero, y quisiera abrir su cabeza, destaparla, registrarla,—para conocer el arcano que oculta, y por el cual me tiene sujeto, con fidelidad de amante que espera y teme y respeta y calla;—el arcano, único atractivo de este espíritu que, de noche, vaga perdido entre las tinieblas del Miedo y del Mal.