Amoscada anda mi hermana con lo de Rita: no sé quién se lo habrá soploneado. Es verosímil que me haya espiado en el teatro, á pesar de las precauciones que tomo. Y se me figura que Trini y ella, en sus intimidades, han conferenciado acerca del asunto, con esos campaneos de cabeza y esos enarques de cejas que son la mímica de esta clase de conciliábulos entre mujeres sensatas.
Al fin no pudo vencerse Camila, y cierta mañana irrumpió en mi gabinete-despacho, una hora antes de la de almorzar, el momento que dedico á leer cosas serias, porque tengo la cabeza despejada y el estómago libre. Hubo preámbulos, diplomacia y, por último, estallido. Yo tenía una querida, y además, un hijo de semejante mujerzuela. Y mi tácito compromiso con Trini, y el mal lugar en que las dejaba, y la honra, y, y, y...
Mientras Camila se explaya, la considero atentamente, sin enojo y sin reto, como se mira correr en estío una fuente parlera. Camila se parece de un modo sorprendente á mi madre; las mismas facciones clásicas de matrona romana, la misma mirada imperiosa, el mismo cuerpo arrogante, donde la seda hace pliegues solemnes, como estudiados, y juegos de luz, al estilo de los ropajes suntuosos que pintaba Madrazo con tanto acierto. Un cariño meramente instintivo ó impulsivo era lo que por mi madre sentía yo, y, realmente, según el espíritu, sólo soy hijo de mi padre, rezagado romántico, soñador, y que, conforme á la moda de su tiempo, fué algo poeta (ahora, por moda también, somos algo intelectuales). Hacia Camila experimento el mismo apego natural que hacia mi madre; pero con un toque de desdén, de convicción de mi superioridad. Ella entiende lo contrario; me tiene en menos; se cree más cuerda, más práctica, más razonable cien veces que yo, y me protege y vela por mí (que es modo de desdeñar). Ejerce sobre mí un ascendiente material, del cual reniego, y que se funda en mezquinos servicios y auxilios prestados á veces, como cuidados durante enfermedades, advertencias relativas á cuestiones de interés; nada en suma.
De todo cuanto me decía Camila, me hizo eco en el alma únicamente aquel concepto de considerarme padre de Rafaelín. Al estarlo oyendo, sentía ansias de que fuese verdad. Yo no deseaba un hijo, en el sentido estricto de la frase; pero se me ocurrió que sería delicioso tener ese hijo; ese, no otro.
Las gracias y perfecciones del niño se me representaron todas en aquel punto, con tal viveza, que mi corazón se iba hacia él y le besaba paternalmente.
Veía yo, mientras Camila me acusaba del dulce hurto no cometido, la cara oval, morena, igual á la de Rita, pero con el barniz regio de la salud; los ojos santos, puros, sin mancha; el reir gorjeante, la travesura celeste del chiquillo, la sal de su media lengua y de sus antojos, la monería de los bofetones tiranos que me pegaba y de los brazos que me abría al decirle su madre: «¿Ves? Ya te ha traído don Gaspar otro juguete...» Un calor íntimo se me esparcía por el alma al recordar todo esto; y un propósito, una resolución de ser el padre de Rafaelín por mi voluntad, no por azar de la carne, surgía en mí, al mismo tiempo que mi hermana me reprendía severamente suponiendo la paternidad. Era la defensa del instinto de perpetuarse, instinto que ya creía punto menos que abolido en mí; era... ¡ah, no me cabía duda! ¡era la vida, la vida, la vida, la maga, que me llamaba otra vez, y al llamarme me ofrecía una copa de amor! La pobre Rita estaba sentenciada; pero, ¿el niño? Por él podría yo—¿quién sabe?—interesarme en algo sencillo, bueno, natural...
Con ímpetu, derramando efusión, cogí las manos de Camila, y exclamé:
—Pues bien: no lo discuto. Sí que es mío ese chico. Ya verás; un sol, una monada. Vas á chochear con él.
Mi hermana retrocedió. No sabré describir cómo se le inmutó la cara; sus clásicas facciones adquirieron el ceño y la contracción adusta de las antiguas Melpómenes. ¡Indignada, es hasta fea Camila!—decidí para mis adentros.
—Supongo que bromeas; pero la broma, hijo, es de pésimo gusto.