—No bromeo.
—Vamos, piensas casarte con la mamá de la criatura.
—No se me ocurre:—respondí con sinceridad—entre otras cosas, porque no creo que la queden dos meses de estar en este mundo. Me coges en un momento de espontaneidad, Camila; desarruga ese entrecejo, que te sienta muy mal; ¡si te vieses! El chico es más mío, ¿lo oyes?, que si lo hubiese engendrado materialmente. Lo material es muy despreciable en todo; pero en eso del amor y de la paternidad es en lo que más ruin é insignificante se me figura. ¿No crees tú lo mismo? Si tienes alguna elevación en el sentir...
—Pero... el chico—interrumpió ella vacilando—, ¿es tuyo ó no es tuyo? ¿En qué quedamos, Gaspar? Descíframe el enigma.
—¡Pch! El enigma no te importa—respondí, pensando para mi sayo: «¡Alma, ciérrate!»—Los resultados, querida hermana, van á ser exactamente los mismos que si el chico fuera mío, como entiendes tú que son nuestras las cosas. Y los resultados son lo único que aquí se pleitea.
—¿Pleitear? Te engañas—articuló Camila con aviesa esquivez.—No pleiteo. Allá tú; allá te las compongas. Desde que vivimos reunidos, ¿en qué asunto tuyo me he mezclado?
Yo podría contestarle que en todos absolutamente, porque desde el color de mi colcha hasta la colocación de mis fondos, mi hermana interviene siempre en cuanto me incumbe, indirectamente, pero con la tenacidad de un insecto preso en un vaso y que busca salida. Sospecho que hasta abre mis cartas y las curiosea. Sin embargo, opté por encogerme de hombros y convenir. Porque en mis verdaderos asuntos—los de mi espíritu—Camila no puede mezclarse, no conociéndolos.
—Corriente: dado que no intervendrás en mis negocios, hija mía, prepárate á la transformación que mi vida va á sufrir. Si Trini quiere que nos casemos, el niño tendrá quien le cuide, quien haga veces de madre... ¿Qué opinas tú? ¿Trini sabrá amar como madre á mi Rafaelín?
Camila parpadeó y constriñó los labios, gesto de las personas demasiado cargadas de razón, que no quieren dar suelta á la palabra para que no muerda. De contener la respiración se puso arremolachada. Al cabo, ajustado ya el antifaz de calma indiferente, exhaló un susurro:
—Qué sé yo... allá ella y tú... Entérate.