El artefacto deportivo había venido de Vigo, la población europeizada más próxima á Portodor; y nos sucedía encontrar en las carreteras á la joven, seductoramente masculinizada por los bombachos de paño café y leche, la media escocesa y la gorrilla de tela blanca; sofoquinada por la rápida carrera, alborotadas las guedejas color de cerveza blonda. Ante mi movimiento retráctil, pues yo no quería ir con ella, la miss sonreía maliciosamente, me lanzaba los dos rayos de zafir doblete de sus pupilas y continuaba pedaleando...

Desiderio, ante aquella ojeada que no se dirigía á él, me insinuó evitar las carreteras; eran lo trillado, lo previsto del paisaje. Nos dedicamos á explorar un costado de Portodor, en el cual, desde nuestra llegada, no habíamos sentado el pie todavía. Aun siendo la parte más selvática de la comarca, era, en conjunto, amable y risueña; las orillas del río Andía, para mí familiares en los primeros días del despertar, después del semisueño brumoso de la infancia.

El río, próximo ya á desembocar y perderse en la ría, se hace más profundo y caudaloso, y sus márgenes, no encajonadas entre montañas, como las de otros ríos de la región, están guarnecidas de mimbres, alisos, cañaverales y sauzales frondosísimos. La flora es vivaz y rica: hay lirios morados y amarillos, y abunda una planta, cuyo nombre ignoro, que echa unos ramilletes de flor de un rosa vivo, con emanaciones de almendra amarga. No sólo al que tiene, como yo, aguzado el sentido del olfato, sino á todos, probablemente, una fragancia ó un olor, aun siendo grosero, les reconstituye íntegro un momento de la conciencia, tal vez borrado, perdido en ese archivo obscuro donde se van almacenando los sucesivos estados del alma. El balsámico olor de las umbelas rosa me retrotrajo, instantáneamente, á la hora de mi adolescencia en que, deprimido por caídas y enfangamientos, apretado del mayor dolor, que es la vergüenza moral, vi en el fondo del río unos ojos de tinieblas que me llamaban, y estuve á pique de irme hacia ellos, abriendo los brazos y exhalando el «¡Por fin!» de todos los ansiosos amores...

Reconocí la peña donde me había sentado en la hora de la tentación. Y, deseoso de ahondar en Solís, se me ocurrió volver á ocupar el mismo sitial, á la misma melancólica hora de sol poniente, cuando en el río cabrillean los mismos flamígeros toques, y se ensombrecen los mismos remansos lóbregos—. Siempre me ha complacido reproducir lo externo de una situación cuando falta lo interno, á fin de proclamar una vez más que no tiene valor alguno lo que nos rodea; que somos nosotros los que nos proyectamos sobre el paisaje y el ambiente—. Y, tomando pie de esta observación, afectando la necesidad de confianza, que es una de las flaquezas de nuestro espíritu,—enteré á Solís de lo que aquel paisaje me recordaba.

—¿No es cosa rara que se desee con tal vehemencia dejar de ser?

Al formular esta pregunta le observo.

—¡Qué ha de ser raro eso! Lo extraño es que deseemos vivir, don Gaspar—contesta el mozo.—Debe de estar bien claveteado allá dentro de nuestro ser lo que llaman instinto de conservación, cuando todavía no se ha despoblado de humanidad el globo. Tenemos mil razones de morir, y ninguna de continuar sufriendo esta broma pesada.

—¿No cree usted que somos ahora más felices que en otras épocas? Los adelantos...

—¡Los adelantos!—¡Maldición en ellos!...—exclamó violentamente.—Los adelantos, en nuestro período actual, ahondan las diferencias sociales; se consagran al dinero. Los pobres, los que estamos debajo, tenemos la ventaja de ver cómo todo, ó casi todo, lo que se refina en la civilización y en la cultura, es para una casta, la casta dorada... á la cual nunca hemos de pertenecer. Soy de la casta del cobre. No hablarme de adelantos.

—Sin embargo, amigo Solís—insinué traidoramente—, hay muchísimas cosas que lo mismo son de los dorados que de los cobrizos. Los goces intelectuales, por ejemplo...