—Don Gaspar... yo he empeñado á veces por dos pesetas mis desencuadernados libros, atestados de notas y apostillas... Yo me he retirado del Ateneo, porque no podía pagar las cuotas... Yo, obligado á pasarme las mañanas traduciendo patochadas á diez duros el tomo, me he embrutecido en esa tarea de macho de noria... Yo no he podido ver trabajar á la Duse, porque no me gusta estar prensado en el gallinero y no tenía para butaca... Hábleme usted de placeres intelectuales!...
Miré hacia el río, del cual se elevaba una frescura sepulcral, y arrancando distraídamente un ramillo de flores rosa, jugueteando con ellas, deslicé:
—¿Y el amor? Ahí tiene usted algo que ni reconoce cobre ni oro... Esa fruición nos iguala.
Solís saltó, convulso. Se notaba en su voz la furia repentina.
—¿Que nos iguala? Basta que usted lo diga... ¡Para los cobrizos, las del arroyo! Si tenemos aspiración hacia una mujer bonita, inteligente, delicada... allí estará uno de la casta de oro con su oro en la mano, y suya será la victoria!... ¡Como si no lo supiésemos!...
Y rompió en una risa sardónica, insultante.
—Father—gritó Rafaelín al pie de la peña que me servía de asiento—: ¡mira un pez! Un pez que salta del río!
—Una trucha, alma mía—respondí acariciándole.—Eso prueba que en el río hay hondones, y los niños no deben acercarse á él.—Según eso—insistí dirigiéndome al profesor—, ¿usted no está á bien con la vida?..
—No estaré á mal, cuando vivo—declaró torvamente.—Incurro en la contradicción general... Nos quejamos de la carga, y no soltamos el lastre... Ó intentamos soltarlo una vez, y no lo conseguimos... y ya no se repite el intento. ¿Verdad que es curioso? Tomamos una resolución... la estorba una nimiedad... Nadie nos obligaba á resolver; nadie nos impide volver á la carga... y no volvemos. Y las circunstancias son las mismas ó peores; y no volvemos. Y estamos convencidos de que deberíamos volver; y no volvemos. ¿Seremos necios?
—Somos una red de contradicciones... No somos animales lógicos...