—Pues hay que serlo—decidió Solís, contundente.—Persuadidos de que una cosa conviene, se hace... Y se hace por cuenta propia y ajena. No comprendo cómo los que se ponen en salvo no salvan á la vez á algún amigo... ó enemigo. ¡Es tan fácil...! En la barca hay sitio para muchos náufragos. Y por qué no darse, antes de partir, un refinado goce? Vea usted: este goce es concedido igual á los cobrizos que á los dorados. No: mejor á los cobrizos, porque los dorados están reblandecidos, y no tienen el valor del gesto supremo...
—Sí—pronuncié retándole con una mirada serena y fija—, recuerdo su artículo de usted en El Ideal, un periodiquito... Allí desarrollaba usted la misma tesis.
—¿Llegó usted á leer aquello?—preguntó entre receloso y halagado.
—En efecto: lo leí. Es un artículo tranquilizador. Lo entendí como deben entenderse las lucubraciones que se confían al papel. Aunque no soy escritor, sé que en cuanto una idea sale de nosotros y cae sobre la hoja, blanca, es como si se deja destapado un frasco de perfume: cátalo desvirtuado... No creo en lo que se escribe.
—En lo que yo escribo, crea usted lo mismo que en lo que digo...
La amenaza del rival me arrancó una sonrisa. Paré la estocada, murmurando negligentemente:
—En dichos creo menos aún... Escribir, hablar, son las válvulas por donde desahogamos lo superfluo de la actividad del cerebro. Remedio probado contra los impulsos absurdos que nos precipitan al disparate y á la acción prohibida ó criminal. El alma se liberta con rasguños y palabras, con aire y papel. No soy nada amigo de máximas; pero reconozco que del dicho al hecho... Fanfarroneamos hasta con nosotros mismos; nos contamos mentiras, nos juramos que haríamos esto y lo otro... y nada hacemos, en puridad. Aire, ceniza de voluntades y deseos...
—No todos somos iguales, don Gaspar—recalcó Solís—. Hay hombres en el mundo que han nacido cómicos; que, no teniendo auditorio, se representan comedias á sí mismos. Hay también hombres—añadió con glacial y cortante reticencia—que no pueden figurarse ciertos modos de sentir, ó porque su sentir es obtuso, ó porque no lo afinaron las desgracias, los conflictos, las tiranías de la vida... El dorado, que encuentra todo preparado á su gusto, mesa puesta y alrededor de la mesa una reunión divertida y amable, mujeres que le sonríen, parásitos que cantan su gloria... ése ¿qué sabe de lo que se puede llegar á soñar para sustituir con el sueño todo lo que nos ha negado la realidad? El único goce de dominación del que ni posee riquezas ni poder ni amores... tiene que ser ése: extinguir...—¿No lo comprende usted?—añadió, enviándome la pregunta como un soplo de lo desconocido.
Resistí su mirada y se la devolví saturada de menosprecio. Y no lo hice por afectación: era que, realmente, en aquel momento, le menospreciaba. Su teoría de que el abismo del alma se colma con riquezas, poder y amor, era para mí el más mezquino de los dislates. Estaba, el supuesto intelectual, á la altura de los pintorescos mendigos, más alegres que yo, cien veces más dichosos, á quienes limosneamos el domingo y que me creen monstruo de la fortuna porque tengo siempre mucho y bueno que comer y en la faltriquera monedas que repartirles. ¡Eres un mendiguillo, Desiderio! ¡Y todo por un pedazo de carne blanca, donde la naturaleza incrustó dos cuentas de vidrio azul y plantó un matorral de hebras de pelo color cerveza blonda!...
—Father—dice la voz pura—: mira, ha vuelto á saltar el pez... Péscalo, ¿di? Quiero verlo.