—Si lo pesco morirá... ¿Te gusta que muera?

—No... ¡Pobre pescadito!... Morir no—declara el nene, y fija en mí su cándido mirar, asombrado de algo que no comprende.

Luego, asiéndose á mi mano, articula:

Father, dime, anda... ¿Qué es morir? El pescadito, si muere, ¿cómo quedará? Y su father, ¿llorará por él, di?

XV

El día siguiente á la tarde en que pasamos este diálogo Solís y yo, domingo era, y había limosneo. Conservo y restauro esta costumbre, procedente del tiempo de mis padres, no porque me parece caritativa, sino únicamente por encontrarla estética, complemento adecuado de la torre de tostadas almenas picudas, inútiles para la defensa, pero bonitas sobre el celaje. Además, ¡el niño goza tanto con la distribución! razón babosa que ejerce sobre mí suma fuerza.—Nos sentábamos bajo el emparrado, entonces cubierto de pámpanos, entre los cuales comenzaban á pintarse de un carmín claro aún los racimos. Al lado, la fuente gorgoriteaba su canción monótona y deleitosa. Frente á nosotros, descubría la vista la extensión de la ría, espejeante, rebrilladora, salpicada de espuma un momento por el brinco de un delfín, ó cortada por el vuelo airoso de una barca de pesca, tendida el ala de su vela latina. Los puertecillos de la costa agrupaban diminutos, como casas de juguete, su caserío. Olía á helechos frescos, á madreselva y á soplos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, cauto, me provistaba de un frasquito primoroso de sal inglesa, por si los mendigos esparcían su acostumbrado vaho á hormigas, á salmuera, á aguardiente de caña en estómagos mal nutridos.

Presos los perros, irreconciliables enemigos de los pobres, presentaba el mayordomo el cestón atestado de trozos de pantrigo—no de sobras, eso lo prohibía yo, sino de mollete fresco—y de tortas de borona. A Rafaelín se le entregaba un bolsón repleto de cobre. En mi bolsillo danzaba plata menuda, para los casos de mayor simpatía ó capricho de la criatura. Los pordioseros, según orden que se les había dado, aguardaban formados en doble fila. Yo conocía ya á muchos de ellos; pero cada domingo venían algunos nuevos, de otras parroquias, atraídos por la fama que cundía de mi liberalidad y buen corazón. Se respetaba jerarquía y antigüedad: los de la parroquia eran socorridos primero, luego los de las circunvecinas, por orden de proximidad á Portodor. La expresión de todas las caras, ó de casi todas, es de júbilo y de una malicia humilde, como la de los legos bobos que fían en Dios y chorrean esperanza. La presencia de Rafaelín les saca de sus casillas, y ríen más, y exclaman cosas más chuscas y optimistas; vejezuelas desdentadas ríen como niños de pecho; vejezuelos reumáticos, arrastrándose sostenidos en un palo, ríen plegando el rancio cuero de su cara de manzana tabardilla muy madura; un lelo ríe de felicidad al tocarle la manecita del nene, y se olvida de devorar el mendrugo; un ciego es el más jovial, y se empeña en mosconear en la zanfona y en dedicarnos coplas alusivas, aduladoras, donde nos llama reyes.

—¡Peseta para el ciego, father!—suplica el pequeñín. Y allá va la peseta...

Una mujer flaca, que lacta á dos gemelos, es la única que pone gesto melancólico; pero al darle Rafael ración doble y peseta, ensarta bendiciones y sonríe, desenfurruñada.—Un chiquillo de unos ocho años se adelanta con una esportilla, marmoneando no sé qué.

—¿Tú quién eres? No te habíamos visto.