La de los gemelitos explica:
—Es de Naimor... Es así, tiene la habla trabada... Pide para su abuela, que está encamada con la paralís...
Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano al chico, y misteriosamente le entrega algo.
—¿Qué le das, Faelín? Si no te riño; si no te riño...
—Un bizcocho mío; es mío, es mío; que no lo quise con el topolate...—y en la voz hay una entonación de protesta.
—Bueno, querido... Traiga usted más bizcochos—ordeno al mayordomo, que extraña un poco la orden—. Vas á repartir tú bizcochos ahora, cielo.
Enfaenado Rafael en distribuir el contenido de la bandeja, entre el coro de «¡Vivan cuanto deseen! ¡Dios le guarde de una envidia! ¡Dios le haga santo!» de los pordioseros engolosinados,—no advertí que dos señoras subían la cuesta que conduce desde el pueblo de Portodor á la torre. Hasta el mismo instante en que desembocaron en el camino de serventía que rodea la tapia del patio, tampoco era fácil verlas, porque los viñedos hojosos, los matorrales de zarza y saúco, los brabádigos y los altozanos del terreno lo impedirían. Me levanto, me precipito, echo mano al canotier... Son Camila y Trini, risueñas, con sobrealiento, bajo quitasoles de seda tornasolada.
Sin duda buscaban precisamente esto—cogerme desprevenido, en plena vida libre—, á ver qué posición adopto cuando estoy solo... La emboscada es doblemente cautelosa, puesto que Camila, hará una semana, me escribía desde Madrid que Trini no acababa de decidirse á venir á las aguas de San Roque, y que más bien la veía inclinada á tomar el rumbo de Alemania, deteniéndose una semana en París—. Es indudable el complot. ¿Qué importa? La visita me distrae...
Lanzo las inevitables exclamaciones de sorpresa...
—Qué es eso? Caemos mal, por casualidad?—pregunta Camila derrumbándose en el pretil, porque viene que no puede más de la subida—. Ya ves, hemos seguido tus indicaciones; nos presentamos por la mañana, á pedirte de almorzar...