—Sentiría mucho que le causásemos molestia...—murmura Trini, confusa—. Camila me ha animado tanto... Me ha dicho que usted le había dicho en Madrid...

—¡Por Dios, Trini... No sé cómo manifestar á usted que estoy verdaderamente agradecido!.. Venga usted, venga á descansar un momento á casa, á arreglarse; en fin, á lo que quieran... Pronto almorzaremos... Miss Annie—ordeno á la inglesa, que acababa de presentarse, súbitamente, de piqué verde claro, con una rosa lacre en el corpiño—: ¿quiere usted hacerme el favor..? Estas señoras...

Y dándome cuenta del motivo porque la inglesa, con un molinillo dentro, no se mueve, lleno la fórmula:

—Miss Annie Dogson, la señorita que cuida del pequeño... Mi hermana... la señorita de Dávila...

Si con afectación se inclinaron las damas, con rígida tiesura cabeceó Annie. Dijérase que una barrilla de hierro pasaba á lo largo de su espinazo.

—Gracias, Gaspar—exclamó Camila—; no nos hace falta arreglarnos por ahora: el camino es corto; un cuarto de hora para cruzar la ría y una hora de coche... El ratito de venir á pie es lo peor... pero no hay tiempo de notar mucha fatiga; son diez minutos...

Desde que Trini había llegado, no apartaba los ojos de Rafaelín. Le miraba encantada, sorprendida, sin duda, de su belleza. De pronto, con movimiento simpático, se bajó y le tomó en brazos.

—Es el niño! El niño!—repitió enfáticamente—. Qué precioso! Parece un angelito de los que se ven en los cuadros de Murillo... Pedirás á Dios por don Gaspar, eh, nenito? Pídele mucho.

—No va á entender, Trini... Dígale usted que pida por father. Don Gaspar es un personaje que para él no existe. ¿Verdad, baby? Soy su papá... en inglés.

Como la señorita se disponía á besarle en los carrillos, miss Annie se interpuso rápida, dando una orden secatona: