Baby... shake hand.

Desiderio Solís, que bajaba la rampa emparrada que conduce desde la cocina de Portador hasta el patio, se paró en firme al ver á las señoras. Hubo en su gesto algo de esquivez felina, si así puede decirse; fué la retracción de una alimaña sorprendida en su cueva. La cueva de Solís, ¡ya la conozco!: es la sombría madriguera de sus pensamientos desesperados y ansiosos, entre los cuales se revuelve. En esa madriguera me encuentra á mí y me destroza á mí; y se acentúa la intensidad de mi goce al desafiarle, y en un desenfrenado imaginar me figuro la pronta supresión de la existencia que puede darme un loco lúcido como éste, al filo del cuchillo ó á la bala del revólver... Experimento una fruición de orgullo, íntima, deleitosa—y, encontrándome á la altura de un poeta favorito, comprendo la gentileza del morir, y, sobre todo, la gentileza de jugar con la sensación del peligro oculto, inminente, como se juega con un lindo kriss malayo de afiladísima hoja serpentina, envenenado con zumo de euforbia. El atractivo de todos los seres que por un momento han fijado mi atención, solicitado mis sentidos, hasta buscado el camino de mi corazón—Rita, Annie, Camila, Trini, el mismo Rafaelín—cede, se eclipsa ante este amor antiguo como mi juventud, esta curiosidad y sed del gran Secreto... Ya que no me decido á ir, á paso tranquilo, hacia él, que venga él á mí, sin las decadencias de la enfermedad, sin las torturas de los padecimientos, sin los delirios de las fiebres y con el hechizo peculiar del drama psicológico... ¿A que no es verdad, menguado Solís? ¿A que no te resuelves, una mañana..? Yo te daré vapor, pobrecillo celoso de la podredumbre, de la mísera carne de la mujer. Te estiraré el cordel, te haré tascar el freno en los pocos días que nos restan de verano y de baños salobres. Y estoy de ello seguro: nada ocurrirá digno de referirse; tu amenaza tácita ó explícita será otro poco de aire; no sabrás proporcionarte y disfrutar la sensación suprema, el trago de infernal ambrosía de suprimir con tus manos una existencia humana... No serás tú quien me haya asustado, profesorzuelo; no están nuestros espíritus al par. Espera...

Y le llamo, complaciéndome en saber yo solo lo que tiene de significativo el rostro descompuesto y demacrado, la chispa siniestra del mirar de Solís. También interpreto perfectamente la vislumbre de satisfacción que le causa la presencia de las dos señoras. La misma sospecha que hace fruncir el rubio ceño á Annie, despeja momentáneamente la frente de Solís, que se acerca titubeando.

—El futuro ayo de Rafael, don Desiderio Solís... Mi hermana, etc...

Trini es la más espontánea: le tiende la mano con afabilidad; él, entre remiso y lisonjeado (no son sino sacos de vanidad estos aparentes bohemios), la estrecha desmañadamente. Camila le mira, reprobando para sí las negligencias de su atavío y sus maneras hoscas, insociales.

Toda esta escena, más breve que mi relato, se desarrolla entre el corro de pordioseros, los cuales, á fuer de genuinos mendigos españoles, se interesan más por lo que sucede á su alrededor que por su negocio de pedigüeñería. Las mujeres, con la boca abierta, no se sacian de admirar los trajes de batista floreada, los sombreros frondosos y botánicos de las dos señoras. Una medalla de Juana de Arco, cercada de rubíes calibrés, que Trini ostenta al cuello, les arranca exclamaciones admirativas y bendiciones desinteresadas. Trini, se apresura á registrar su bolsa de malla de oro, y á distribuir el cambio que lleva. Luego, acepta mi brazo para subir la rampa.

Desiderio Solís, después de unos instantes de angustiosa vacilación, se resuelve á ofrecer el suyo á Camila. Ella hace que no ha visto la actitud, y sube derecha, sola, prontamente, como quien conoce bien los lugares donde se encuentra. Solís se encoge de hombros, creyendo que no le veo, para fanfarronear con miss Annie, que acaba de dirigirle una mirada irónica. Rafael nos precede corriendo, alborozado, guiando á Trini, con la cual ha hecho migas; y, alzando cuanto puede su manita, le cuenta cosas:

—Tengo un pero así de gande... Lo pendieron porque muede á los pobes... Yo no quiero que los mueda...

Entramos en la «sala de la torre». Camila se encarga de explicar á Trini esas cosas que se explican siempre al que pisa una casa por primera vez. Sobre el sofá hay un retrato de mujer, con el pelo en moño de rizos, los hombros caídos, el corpiño picudo de talle y el cuellecito blanco vuelto, característicos de la moda de 1860.

—¡Cómo se te parece esta señora!—exclama Trini.