—No tiene nada de particular... Es mamá—dice Camila.
La mirada de Trini pasa del retrato á la cara, no de Camila, sino mía. Toma un pretexto para mirarme,—lo he notado.—Quizás esta mujer ha pensado mucho en mí á solas. Viene, me parece indudable, bajo el influjo de una inquietud dolorosa respecto á miss Annie. Para Trini, como para la muchedumbre, yo me entiendo con la nívea inglesa... Y siento un chispazo de cólera al reconocer que, una vez más, el sentido común de las gentes no es tan vano y hueco como pensamos los soberbios, que nos situamos fuera de la grey; porque, no hace veinte días, si me dejo llevar del instinto...
Visitan la casa las señoras, gustosamente. Se detienen mucho en recorrerla. Lo que las interesa, al parecer, es la distribución de las habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pescuda todo, con su ojeada maliciosa, digna y escandalizada á la vez. El examen resulta inquietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la torre, un cuarto no muy amplio; detrás de él, en otro más chico, duerme Tadeo, mi ayuda de cámara; y enfrente, dos habitaciones de dimensiones iguales, separadas por un pasillo, corresponden á Rafael y miss Annie. El primer piso de la torre queda reservado para un salón. Y al cuerpo de edificio, detrás del despacho y comedor, está relegado Solís. De aquí, los espionajes nocturnos. Le veo que observa á Camila y nota su actitud; dijérase que los dos pensamientos, las dos sospechas, se encuentran, cruzan y abrazan en el aire, como dos espadas desnudas. Al contacto de la sospecha de Camila, la de Solís acaso se hace certidumbre.
XVI
Nos sentamos á almorzar. Camila, frente á mí, preside. A su derecha, Rafaelín. Solís, al otro lado. A mi derecha, Trini; la inglesa, en el puesto inferior, á la izquierda.
Convencido como estoy de que la mayor parte de nuestros estados psíquicos, aunque jamás carecerán de razones de ser, las tienen frecuentemente tan ocultas que ni nosotros mismos las traducimos y analizamos, no he intentado explicarme por qué aquel almuerzo fué una hora excepcional en mi vida; por qué, desde que Trini se colocó á mi lado, comprendí su deseo y su sinceridad, y presentí el desarrollo que iban á tener los sucesos.
La mesa lucía un adorno muy vulgar, pero encantador: canalitos de vidrio liso llenos de agua en que refrescan flores y ramillas tiernas de helecho. Eran como riachuelos dormidos sobre la blancura del mantel. Dado que en Portodor andamos mal de jardinería, Tadeo se había ingeniado y traído del río buena provisión de las umbelas rosa que huelen á almendra amarga; y el ligero olor, avivado por el calor y la frescura, me penetraba en el alma como un cuchillo de oro. El cocinero, aunque careciendo, según decía, de mil recursos que no faltan en Madrid, había sacado partido de la mariscada y pesca tan abundante en Portodor, y desde las menudas anchoas hasta los filetes de lenguado á la Morny y el rodaballo á la Teodora braseado al Champagne, el menú, casi magro, era para despertar el paladar del más gastado gastrónomo. Trini, que habitualmente come poco, animada por mis bromas y mis obsequios, estuvo hasta glotona; dos veces se sirvió del rodaballo, ensalzándolo. Solís, aliviado de su tortura al notar cómo yo atendía á Trini y cómo ella se esponjaba dichosa, y un tanto excitado quizás por los excelentes vinos que ordené á Tadeo que sirviese, empezó por destacar alguna frase y, al fin, habló brillantemente, desplegando ingenio, conocimientos y buen humor irónico, que descargó sobre el pueblecillo de Portodor, sus notabilidades, sus festejos, su Casino, sus bellezas.—Trini se reía; hasta Camila desfrunció el entrecejo, sonrió, y dos ó tres veces aprobó.
Annie era la malhumorada silenciosa. A medida que adelantaba el almuerzo, se acentuaba su hosca frialdad: con leves pretextos reprendió ásperamente, en inglés, á Baby; el pequeñuelo hizo un mohín llantero, mimoso; Trini le echó un beso volado, le hizo un guiño de inteligencia. Los ojos azules, de claro doblete de zafir, se obscurecían, y los labios bien cortados temblaban de ira al notar que el niño se entendía con otra y que á esa otra yo le presentaba un fruto, le servía una salsa, le ponía vino en el vaso. Alegando que Baby no debe permanecer tanto tiempo seguido en la mesa, levantóse al servirse el asado intentando llevarse al chiquitín; pero Trini intercedió:
—Miss Annie, ¡por Dios! déjenosle hoy, un día es un día. Rico, Faelín, ¿verdad que te quedas?
Entiendo: le hago un signo á la inglesa—nada más que un signo, pero de amo—, y no hay remedio, mi voluntad se impone; el aya, en señal de protesta, se retira. Entonces el almuerzo se hace más íntimo, más atractivo; Trini respira, libre de las ojeadas de cristal azul; Camila, con toda su altivez, se encuentra también más á sus anchas; Solís especialmente se alegra; ¡mi acto de energía le da á entender tantas cosas! Radiante, salpicada de Champagne su nada tersa pechera, vuelve á sostener la conversación con un esprit periodístico ameno y maligno á la vez. Después de un ditirambo al «inflado» javanés con que termina el delicado almuerzo, propongo ir á tomar el café bajo el emparrado, en la enorme mesa de piedra toda bordada de vegetaciones que el sol metaliza. Allí nos sentamos... y ¡yo no me miento nunca á mí mismo! viendo á Trini con Rafaelín en brazos, explicándole por qué una mosca se ha preso las patas en el azúcar de un platillo, lo cual el pequeñín celebra con risas gorjeadas, con exclamaciones de asombro y gozo,—¡me encuentro feliz!—El sortilegio del niño sobre la mujer actúa visiblemente; el grupo inefable, símbolo de la vida, se ha formado y estrechado al influjo del aire, de la libertad, del alejamiento de las ciudades, de la naturaleza, en fin. Mientras yo fumo mi cigarro, Trini juega con el niño; juegan á partir piñas y á descascarar piñones, sirviéndose de una piedra, y las risas aumentan y el chiquitín toma confianza, y tiraniza á Trini como me suele tiranizar á mí, y la empieza á soltar letanías de cariño: