—Trini bonita, Trini buena, Trini de mi corazón...
Ella se anima, se entusiasma también. Pasamos las horas calurosas de la tarde bajo el toldo de parra, oyendo surtir el agua, esa agua tan fresca, tan leve, tan digestiva, que bebí de niño con los carrillos sofocados de correr. El danés, Vértigo, sentado gravemente á mis pies, abre por turno el ojo derecho y el izquierdo y estremece una oreja cuando le importunan las moscas. El ambiente es pesado; pero á cada minuto lo abanican brisas de mar. A eso de las cinco, al empezar á aplacarse el calor, propongo que bajemos al pueblo, alquilemos un bote y demos un paseo por la ría. Es muy probable que caigan algunos panchos. Tadeo llevará anzuelos, cordel y el cesto para recoger lo que se pesque. La proposición es acogida con transportes de júbilo por el niño, con satisfacción por las señoras. Invito á Solís, que rehusa, y no invito á miss Annie: acabamos de verla pasar allá á lo lejos por la carretera que atraviesa la parte baja de la posesión, cabalgando en su bicicleta, muy bien ensiluetada, muy airosa, muy decidida.
Vamos, pues, en familia, sin mercenarios de lujo. Desatraca el bote. Sardiñete, el marinero, rema despacio, de un modo insensible; su hijo, un rapazuelo de unos quince años, coge la caña del timón. Nosotros echamos la liña y esperamos que el pez pique. Trini ayuda y aconseja á Rafaelín; le enseña á tener la cuerda quieta y á dejarla flotar según el derive, casi imperceptible, del bote. Trini, en toda esta jornada, se muestra mañosa, útil, viva. Al sentir el primer tirón, el chico pega un grito de alegría nerviosa, tan penetrante, que el pez se asusta é intenta huir, y no lo consigue, porque ya está enganchado. A la luz del sol poniente vemos encorvarse y palpitar su cuerpo de plata, y, arrancándolo del anzuelo, se lo entregamos á Rafaelín. La criatura coge el pececillo; pero, al notar su agonía, la gota de sangre que mancha sus agallas, quédase un momento pensativo, y después rompe á llorar, escondiendo su preciosa cara en el seno de Trini, que le cubre de caricias.
—No se pesca más, rico—dice ésta—. Se acabó la pesca por hoy. Verás; á este pescadito le volvemos al agua y se pone tan contento y se va junto á sus hermanitos, á contarles que por poco nos le comemos frito esta noche.
—¿No mere el pescado?—pregunta, entre sus lágrimas, Rafael.
—No mere, vidita, no mere: ahora rompe á correr tan contento, y va á tomar café con sus amigos, y á fumar, como tu father.
La risa sucede á las lágrimas. Por debajo del agua transparente, el niño ve desaparecer el cuerpo del pez, en relampagueante fuga.
Se recogen los avíos de pesca. ¡Rafael es el que manda! Mi alma flota, se disuelve en la placidez infinita de la hora moribunda. Hace bochorno; no corre un soplo de viento. El sol, allá en la línea del horizonte, desciende abrasado al fondo del agua obscura. Cae la noche, y apenas desaparece el astro, surge claridad, no de la luna, que no se deja ver, ni de las estrellas, altas y diamantinas, sino de la misma sábana del agua, que se enciende en hervor nupcial, como inmensa luciérnaga. Resplandores glaucos parecen venir del fondo de las olas, permitiendo ver las miriadas de peces que cruzan sus profundidades y que son como remolinos de prolongadas hojas de estaño, arrastrados por una corriente de esmeralda pálida, derretida. El remo abre surcos de lumbre fosforescente y al subir derrama cascadillas de gotas luminosas. El pálido incendio nos alumbra con reflejos fantásticos de linterna chinesca. El niño pregunta, y le explico el fenómeno como puedo. Estoy cerca de Trini, y siento, en aquella noche de verano, en que arde hasta el agua, su atractivo; pero estoy seguro de que no se trata de un estímulo material, de que es la criatura quien vuelve á llevarme hacia el hogar, hacia la paz, hacia la aceptación de la existencia completa, vivida y transmitida á otros...
Camila nos da el alto: tienen que volverse al balneario; la excursión exige hora y media lo menos, ¿cuándo llegarán, y qué pensarán de ellas los demás bañistas?
Trini, suspirando, exclama: