—¡Qué lástima! ¡Qué buen día se ha pasado!
Saltamos en la playa, y ofrezco otra vez el brazo á Trini para llevarla hasta el coche, que ya las espera al extremo del muelle. Es un breve momento de soledad y de confianza. Camila se queda atrás, á propósito, entreteniendo al niño, enseñándole las redes de pesca que negrean sobre el blanco arenal.
—Gaspar—murmura Trini con voz temblona; y noto el golpeteo de su corazón contra mi brazo derecho—: tiene usted un niño que es un hechizo. Me voy prendada de él.
—Lo quiere usted á su lado siempre, Trini?—respondo, en un arranque violento y espontáneo—. Ya sabe usted que se lo había ofrecido...
—Eso fué un día... Ahora... usted... ya... Y yo, entonces, no había visto al pequeño...
—Ahora, igual... si usted...—Y estrecho el brazo; y el brazo contesta á mi presión con otra muy ligera, pero sensible... La respuesta del brazo es definitiva.
—Hemos quedado—advierto á Camila—en que volveréis á pasar aquí el día del jueves. Iré á esperaros en el desembarcadero. Y antes, es probable que me aparezca en San Roque...
XVII
Y apenas se aleja, con ruido apagado de rodadas, el coche que lleva á las dos señoras, entrego á Tadeo la criatura soñolienta, para que la suba en brazos á la Torre, hago una seña á los marineros y vuelvo á saltar en el bote.
—¿Caradónde, señorito?..