—Adonde queráis... Un paseo.

Escupen en las manos y vuelven á empuñar remos y gobernalle. Pausadamente, la barca corta la sábana de lumbre pálida y verdosa... Caigo en pleno ensueño. Por última vez—á mí mismo me empeño la palabra—me entrego á esas conversaciones interiores, en que dialoga mi doble yo. Por última vez fumo opio... Dejo colgar el brazo sobre la borda, y al rozar el agua parece mi derecha bañada en un livor sobrenatural; la estela del barco es un trazo prolongado de lumbre, como el rastro de un cometa en el firmamento. Es preciso que yo diga adiós á los antiguos fantasmas, mis perseguidores, mis tétricos amigos; es preciso que salga de mi espelunca, y no vuelva más á ella; tengo que transmigrar y encarnarme en esposo, en ciudadano.

El agua se engalana como para un funeral con esta luz mortuoria, que me recuerda la tez de espectro de Rita Quiñones; y de entre las praderías de algas, donde ondulan vegetaciones de pesadilla, una forma se alza, semejante á una de esas vislumbres que tiemblan al movimiento de las múltiples capas de agua, y cuyas líneas se disuelven, entre las gasas trémulas y fingidas, velo de los abismos. El que ve surgir una de esas apariciones inciertas y borrosas, hijas del consorcio de la fantasía con lo real, nunca deja de atribuir á la visión forma femenina. Cree discernir, fugitivos en su diseño, los brazos que han de enlazarle, el cabello donde se ha de enredar, la boca que ha de envenenar la suya, el flexuoso torso que se pegará á su pecho. La mayoría de los hombres hacen surgir de la obscura profundidad el amor. Mi visión, confusamente alumbrada por la fosforescencia de las ondas, es de muerte, y su boca, al acercarse á mi boca, la cuajaría en eterno hielo...

El cuerpo de mi sirena no es blanco, su pelo no es rubio: tiene su forma lo indeterminado de los senos sombríos de donde sale, y su melena se parece á la inextricable maraña de las algas, suspensas, enredadas y penetradas por esta luz líquida. Creo verla ascender despacio, ávida y amenazadora, como si me dijese: «Eres mío, no me huyas...»

—No soy tuyo—protesté—. Puedo huir. Me basta con desearlo. He jugado contigo á un juego peligroso: basta ya. Quiero vivir. Vete...

No se iba. Agarrada á la borda con sus manos de sombra, fijaba en mí los mismos ojos magnetizadores que había fijado desde el fondo del río. Y me llamaba, me llamaba... Un sudor de angustia humedeció mis sienes, y, por un hábito pueril, por uno de esos gestos maquinales que se han hecho en la niñez y que sobreviven á todos los procesos analíticos, demoledores, de la edad madura—bajé dos dedos, alcé otros dos y tracé sobre mi frente la señal de la cruz...

En el mismo instante el agua palideció; sus reconditeces se velaron, y como se extingue una bengala de teatro, se extinguió la fosforescencia, dejando el agua incolora, tranquila, en la densa cerrazón de la noche.

—¿Se apaga el agua así de pronto?—pregunté á los marineros.

—Sí, señor... Siempre pasa así en Agosto. Dura muy poco la claridá. Aun hoy duró más que otras veces.

—Vamos al muelle—ordené, como avergonzado de mi impresión y temeroso de que me la conociesen; avergonzado del sentimiento, hasta en presencia de tan ínfimo auditorio.