Salto á tierra. Emprendo la caminata á la Torre de Portodor, cuyas iluminadas ventanas veo desde el muelle lucir como un faro. Voy determinado á desenredar mi espíritu de los laberintos en que me he perdido siempre. Ahora creo discernirlo con lucidez total: estaba enfermo del alma, y es la salud lo que han de darme las dos supremas representaciones de la existencia: el Niño y la Mujer. El reto que acepté era insensato y absurdo, como era nefando y monstruoso el amor que me había inspirado la Guadañadora. Cuando yo provocaba y exasperaba á Solís, la buscaba indirectamente á ella; glosaba una cuarteta conceptuosa que me embruja la imaginación:

Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer de morir
no me vuelva á dar la vida...

Subiendo por el sendero campestre donde, entre el olor recio del mar, flota el almizclado vaho de esos escarabajos negros, enormes, llamados en el país «vacas de San Antonio», formo mi plan. Mañana mismo, llamaré á miss Annie, la daré rendidas gracias por sus servicios, la haré generoso regalo y la enviaré á Vigo, en un buen coche. A Desiderio Solís le enteraré de que mi matrimonio es cosa acordada; le ofreceré un sueldo no despreciable en concepto de administrador y secretario, y le advertiré que estos cargos los puede desempeñar fuera de mi casa, y que así lo deseo. Y añadiré todo lo que baste á curar los escozores de sus dudas y convertirle en amigo mío, al menos en indiferente. Y después... Ya veremos: ante todo, conjurar este peligro; salir de esta situación anómala en que me he puesto voluntariamente, jugando con mi propio destino, por una caprichosa fantasía de poeta—sí, ahora entiendo la verdad: yo soy un poeta loco, á quien las herencias de melancolía de las edades dramáticas y de los antecesores desdichados, habían llevado á desear el aniquilamiento... Penetrado de esa curiosidad palpitante que da fiebre á las novias la víspera de sus bodas, yo esperaba ansioso, estremecido, lo que iba á ser de mí en poder de una fiera por mí mismo azuzada y desencadenada. Me había complacido en crear eso que llamamos fatalidad, con la substancia de mis deseos, mis orgullos y mis antojos. Quizás la fatalidad no existe, si nosotros no la fabricamos. En esta hora de sana voluntad me parece todo el giro de mi suerte es mi obra. Soy yo quien ha soltado en mi propia casa al tigre de los celos, y le he visto avanzar exhalando su ronco rugido, y en vez de enjaularlo, me he complacido en admirar su manchada piel... Ahora entiendo cuánto daño pude hacer, no sólo á mí, sino á todos. Destejamos la infernal tela; aprisa, borremos la huella de nuestros pasos, pisando al revés.

Mi proyecto era conferenciar aquella misma noche con Solís, dejando para el día siguiente la entrevista con miss Annie. Al llegar á la Torre, supe que el profesor, algo indispuesto, se había acostado, y que la institutriz tampoco bajaría á cenar, por sufrir una jaqueca muy fuerte. A otro perro con ese hueso: bien adiviné lo que ocurría. Solís y ella se habían peleado; ella trepidaba de despecho y cólera de haber sido excluída, suplantada. Me encogí de hombros. Mañana las siluetas de estos dos seres, en mi espíritu, quedarán borradas de la pizarra con una esponja...

Cené gratamente, abierta la ventana, por la cual entraban la lejanía y la calma de la noche. Terminada la cena me levanté, y me puse de codos en el antepecho á respirar. Recordaba que en otras épocas me había acodado así, para contemplar las tempestades, que son en Portodor magníficas é imponentes. Caen rayos á centenares, zigzagueando sobre el mar; un espectáculo sublime. Ahora no se movía una hoja; algo de neblina, presagio de calor, empezaba á alzarse. Yo sentía ese temblor secreto, ese comienzo de embriaguez que causa todo cambio en nuestro destino. Me esforcé en pensar en Trini,—pero la Seca todavía quiso interponerse. Te he vencido—murmuraba yo... Y me reía de la derrota de la muy coqueta, que me trae al retortero desde tantos años hace, sin realizar nunca sus promesas de darme el olvido y el descanso...

Serían las diez y media cuando subí á mi cuarto, no sin decir á Tadeo que no le necesitaba. El servidor se quedó abajo, trajinando, recogiendo. El silencio era total: no se escuchaban ni ladridos de canes, ni flauteos de sapos. Entré en mi dormitorio y cerré, sin echar la llave. Sonaron unas pisadas ligeras en el pasillo, y antes de que hubiese tenido tiempo de dar vuelta al grifo del lavabo, sentí que llamaban á mi puerta unos dedos sonoros, de metal. Acudí á abrir, y me quedé perplejo, pero no sorprendido, al encararme con miss Annie. La inglesa venía muy guapa, es justo reconocerlo; su pelo de luz, sencilla y hábilmente recogido, y su traje de linó gris, de corte original, exageraban su aire pudibundo y prerrafaelista; era una deslumbradora girl de cromo, de esas en cuya cara la rosa se disuelve en leche y el carmín se afina con transparencias de cristal. Olía bien—sin duda usufructúa los perfumes de Rafaelín—y, en suma, llegaba á tiempo, si no se interpusiese entre ella y yo algo nuevo que se había apoderado de mí.

Entró con marcialidad, derecha y seria, y ya dentro, dió vuelta á la llave.

—No conviene que nadie nos interrumpa—dijo autoritariamente.

Me quedé mirándola, silencioso, sin protestar. ¿A ver por dónde descargaba el nublado? Y ella, acercándose con desdén, y trepidando de cólera y soberbia, profirió, en el buen español que gasta, sólo extranjerizado por el acento:

—Es preciso que hablemos claro, don Gaspar. Conmigo no se juega. Reclamo una contestación categórica. La señorita Trini, ¿es ó no es novia de usted?