—Nada... Váyase usted...
Se fué, sin convencerse. Las caras diplomáticas de los criados ¡qué expresivas son!—Me acosté y no pude dormir. Un devaneo de insensatez se apoderó de mí. Me sentía envuelto en lodo, hecho de lodo, y lo peor era que el lodo que me formaba discurría y se juzgaba á sí mismo, y se encontraba doblemente lodo, no tanto por el delito perpetrado, como por lo instintivo, lo vulgar del delito—mero impulso—y por haberlo cometido en perjuicio propio. ¡Escoger para la inicua barbaridad la misma noche en que, del mar apacible y desembrujado, de los setos y matorrales enflorecidos, de la risa de un niño, de la ternura maternal de una mujer, había nacido para mí el porvenir, la aceptación de mi suerte, mi reconciliación con el mundo! Las hieles del mal me tiñeron de negro el corazón; la roezón del gusano infatigable que me devora desde la niñez se hizo insufrible; creía ver su cuerpo anillado, blanducho y sus mandíbulas córneas, en movimiento. Al levantarme, en la luna de mi armario me encontré caduco, deshecho, agobiado, maduro para morir.
Morir, sí... ¿Quién ha pensado en otra cosa? Es lo único que puede realizar mi destino, lo único que colmará de una vez mis afanes infinitos, mis nostalgias sin forma y sin nombre. Ayer era casi dichoso. Ah! Una sola noche sin dormir, cómo modifica nuestro concepto de la existencia! Por un sueño tranquilo, total, cambiaríamos todo el oropel, toda la farsa, todo lo que es más sueño que el sueño... Y pensar que tenemos el sueño dulce, constante, igual, eterno, en nuestras manos, y que titubeamos en cerrar los ojos, en revolvernos preparándonos al delicioso letargo; en extendernos cómodamente antes de perder de un modo insensible, sin notar el momento de la transición, la amarga conciencia de nuestro existir! Dada la media vuelta, adiós contrariedades... Miedo? Aprensión del dolor? Si tengo frialdad para prepararlo todo bien, lograré lo que en el sueño fisiológico: no me daré cuenta del paso de esto á aquello... Apenas un estremecimiento, una convulsión instantánea, un gemido, un esguince... Y después... la nada... Sí; incrústese bien en mi cerebro lancinado la idea: nada. En la sima, únicamente hallaré tinieblas, limbos, lo vago, lo caótico de la desintegración de mis elementos, asociados para sufrir...
Me levanto pensando en lo que me he propuesto. No tengas celos tú, mi antigua amada; te he sido infiel, pero ya vuelvo á ti. Espérame, que tardaré poco.
Tadeo entra á servirme el desayuno. Viene inquieto, enigmático. Su cara acartonada de criado de alta sociedad y alto salario le vende un instante, cuando distingue, al pie de la butaca que yo había brindado á Annie, una horquilla de celuloide con chispas de estrás. La recoge y, respetuoso, la coloca sobre mi mesa de tocador.
—Se ha levantado ya miss Annie?—pregunto, dominando la ronquera que producen las emociones.
—Miss Annie! Señorito, ¡cuánto hará que se ha levantado, que hizo su baúl y salió hacia el pueblo! Dice que se marcha á Vigo en el primer coche, el de mediodía. Y la acompañó don Desiderio; ella le avisó; le mandó recado, tempranito. El señor dirá cómo se ha de hacer con el niño y quién le va á cuidar.
El niño..! Mi hijo... el hijo de mi voluntad, de mi aspiración, de mi cariño espiritualizado, superior al instinto... Y yo que no pensaba en él!
—Allá voy ahora mismo—dije precipitando el cepillado de mi pelo y rechazando el chocolate.
Al niño—cuenta mía es—hay que dejarle bien acomodado, bien seguro en la tierra... No se lo legaré á Camila, sino á Trini, ya que un momento ha parecido tener entrañas para él... Si es preciso, me uniré á Trini en matrimonio, y al regresar de la iglesia... Quizás esto sea lo mejor. Ea! á poner en práctica lo decidido... Cuanto antes. Hoy mismo iré al balneario. Si Trini accediese, antes de una semana... Fingiré impaciencias de hombre súbitamente entusiasmado y que quiere lograr pronto su deseo, temeroso de que, al correr el tiempo, el deseo se gaste... Engañaré á Camila, que me ayudará ignorando mis verdaderos fines... ¿Serán estos planes el disfraz de una cobardía ante el acto supremo? No; es lo contrario; es que el acto no será en mí fruto de un arrebato, sino cristalización de aspiraciones y tendencias continuas, contra las cuales ya no tengo defensa. Bien me he resistido... Ya no batallo. Seca mía, venciste. Te llevo en la masa de la sangre. Abre tu tálamo frío...