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Han transcurrido pocas horas desde que así pensaba... y en ellas cupo el suceso más espantoso... No sé cómo decírmelo á mí mismo, en mi autoconfesión... Y el suceso es lo de menos; nunca un suceso vale nada... Los efectos del suceso en mí... Soy otro—y de esta vez, soy otro para siempre...
¿Cómo se ha inmutado mi ser? He aquí la que no comprendo, lo que me confunde, y al mismo tiempo me inunda de dolor y de felicidad... No acierto, ni quiero, con el análisis de este sentir. Dos fuentes son mis ojos, y el manantial está tan adentro... tan adentro..! y se encontraba tan cerrado, tan intacto... que de fijo no lo agotaré nunca...
Reconstruyo la escena á esta hora avanzada de la noche, entre la majestad del silencio, con la ventana abierta, al chisporroteo de las velas encendidas, hallándome libre de la sociedad humana, solo y acompañado... Basta! Tengo que escucharme á mí propio, tengo que intimar conmigo... tengo que persuadirme de esta maravilla que en mí resplandece. En mí! Y qué puede importarme sino lo que es en mí? En mí mismo es donde todo sucede para mí, aunque lo produzca algo que no soy yo...
A ver..? Las once de la mañana serían cuando Solís regresó de Portodor, habiendo dejado á Annie en el coche de Vigo. Desde la estrecha terraza que sombrea el emparrado, y en que yo estaba sentado madurando mis proyectos, con el niño—el niño!—jugando á mis pies, vi distintamente al profesor asomar y esconderse reiteradamente, según le cubría ó no el follaje de los robles ó el matorral de zarzales. Aun cuando su faz, á causa de la distancia, no era sino una mancha blanquecina, se advertía en esa mancha algo desusado, y en el andar, lo mismo. Sin embargo, no venía lo que suele entenderse por descompuesto, y era doblemente aterrador notar cómo la resolución comunicaba no sé qué de automático á su andar, y, cuando se hubo aproximado, cómo su rostro, del color enfermizo de la arcilla blanca y seca, se había crispado y metalizado. Sus ojos, sangrientos, despedían un brillo de piedra preciosa, como el de las pupilas de los felinos. Era la salvajina que ventea el momento de saltar y destruir.
Llegó ante mí, se paró en seco, sin hacer, ni por cortesía, la indicación de saludarme—y deslizó la mano derecha en el bolsillo de su cazadora. Los artificiosos convencionalismos del respeto, la mentira social, habían desaparecido. Ni él era el asalariado, ni yo el protector. Nos igualaba una situación dramática, anterior, en la historia de la humanidad, á salarios, contratos y servidumbres.
—Ya supondrá usted á lo que vengo—profirió, apretando los dientes.
—Sí, me lo figuro—respondí desdeñoso—. Ha hablado usted con Annie y trae el propósito de matarme. Falta—añadí, cediendo á mi espíritu de altivez sentimental—que tenga usted valor para ello.
—Valor me sobra; pero... no soy un asesino. Vaya usted por su revólver y véngase conmigo ahí, al bosque, detrás de la piedra de la Moura, á que arreglemos este asunto.
—Lo puede usted arreglar más fácilmente sin eso. No pienso defenderme—contesté con la mayor sinceridad; era, en efecto, mi propósito: ella venía á mí... y yo, cansado y anheloso á la vez, abría los brazos para recibirla y para estrecharla...