—Calma—decíales con hondo acento—, calma y serenidá... Tiempo habrá para todo: aguardar.
Pero algunos gritos, los empellones, y dos o tres disputas que se promovieron entre el gentío, iban empujando, mal de su grado, a la Tribuna hacia la vetusta escalera del taller, cuando en este se sintieron pasos que conmovían el piso, y un inspector de labores, con la fisonomía inquieta del que olfatea graves trastornos, apareció en el descanso. Empezaba a preguntar, más bien con el ademán que con la boca: «¿Qué es esto?», a tiempo que Amparo, sacando del bolsillo un pito de barro, arrimolo a los labios y arrancó de él agudo silbido. Diez o doce silbidos más, partiendo de diferentes puntos, corearon aquella romanza de pito, y el inspector se detuvo, sin atreverse a bajar los escalones que faltaban. Dos o tres viejas desvenadoras se adelantaron hacia él, profiriendo chillidos temerosos, y tocándole casi, y se oyó un sordo «¡muera!». Sin embargo, el funcionario se rehízo, y cruzándose de brazos, se adelantó, algo mudada la color, pero resuelto.
—¿Qué sucede?, ¿qué significa este escándalo?—preguntó a Amparo, a quien halló más próxima—. ¿Qué modo es este de entrar en los talleres?
—Es que no entramos hoy—respondió la Tribuna. Y cien voces confirmaron la frase—: No se entra, no se entra.
—No entran... ¿pues qué pasa?
—Que se hacen con nosotras iniquidás, y no aguantamos.
—No, no aguantamos. ¡Mueran las iniquidás! ¡Viva la libertá! ¡Justicia seca!—clamaron desde todas partes. Y dos o tres maestras, cogidas en el remolino, alzaban las manos desesperadamente, haciendo señas al inspector.
—¿Pero qué piden ustedes?
—¿No oyes, hijo? Jos-ti-cia-berreó una desvenadora al oído mismo del empleado.
—Que nos paguen, que nos paguen, y que nos paguen—exclamó enérgicamente Amparo, mientras el rumor de la muchedumbre se hacía tempestuoso.