—Vuelvan ustedes, por de pronto, al orden y a la compostura que....
—No nos da la gana.
—¡Que baile el can-can!
—¡Muera!
Y otra vez la sinfonía de pitos rasgó el aire.
—No pedimos nada que no sea nuestro—explicó Amparo con gran sosiego—. Es imposible que por más tiempo la Fábrica se esté así, sin cobrar un cuarto.... Nuestro dinero, y abur.
—Voy a consultar con mis superiores—respondió el inspector, retirándose entre vociferaciones y risotadas.
Apenas le vieron desaparecer, se calmó la efervescencia un tanto. «Va a consultar» se decían las unas a las otras... «¿nos pagarán?».
—Si nos pagan—declaró la Tribuna, belicosa y resuelta como nunca—, es que nos tienen miedo. ¡Alante! Lo que es hoy, la hacemos, y buena.
—Debimos cogerlo y rustrirlo en aceite—gruñó la voz oscura de la vieja—. ¡Fretirlo como si fuera un pancho... que vea lo que es la necesidá y los trabajitos que uno pasa!