—¡Jesús... no sé para qué!
—Para admirar un pie tan lindo... y para darle el brazo, ¡hombre!, a fin de que el viento no se la llevase.
Juzgó la viuda que aquí convenía fingirse distraída, y cogió el estereóscopo, mirando por él la fachada de las Tullerías. Del piano saltó entonces un allegro vivace, con muchas octavas, y el tecleo cubrió las voces... sólo se oyeron fragmentos del diálogo que sostenían la agria voz de doña Dolores y la voz becerril de su cuñado.
—La fábrica, bien... de capa caída... las hipotecas... al ocho.... Liquidaron con el socio... la competencia....
—Josefina—gritó la viuda a la pianista—¿qué haces, niña? ¿No te encargó doña Hermitas que pusieses el pedal en ese pasaje?
—Y lo pone—intervino la maestra de piano—; pero debía ser desde el compás anterior.... A ver, quiere usted repetir desde ahí... sol-la-do, la-do....
—¡Lo hace hoy.... Jesús, qué mal! ¡Por lo mismo que hay gente!—murmuró la madre—. Cuando está sola, aunque embrolle....
—Pues yo bien vuelvo las hojas; en mí no consiste—dijo risueño Baltasar—. Y debe usted esmerarse, pollita, que estoy de días, y Palacios la oye a usted boquiabierto y entusiasmado.
—¡Bueno!—gritó la mujercita de trece años, suspendiendo de golpe su fantasía—. Me están ustedes cortando... ea, ya no sé poner los dedos. Como no aprendí la pieza de memoria, y este papel no es el mío.... Voy a tocar otra cosa.
Y echando atrás la cabeza y a Baltasar una mirada fugaz, arrancó del teclado los primeros compases de mimosa habanera. La melodía comenzaba soñolienta, perezosa, yámbica; después, de pronto, tenía un impulso de pasión, un nervioso salto; luego tornaba a desmayarse, a caer en la languidez criolla de su ritmo desigual. Y volvía monótona, repitiendo el tema, y la mujercita, que no sabía interpretar la página clásica del maestro italiano, traducía en cambio a maravilla la enervante molicie amorosa, los poemas incendiarios que en la habanera se encerraban. Josefina, al tocar, se cimbreaba levemente, cual si bailase, y Baltasar estudiaba con curiosidad aquellos tempranos coqueteos, inconscientes casi, todavía candorosos, mientras tarareaba a media voz la letra: