Cuando en la noche la blanca luna...
Diríase que fuera había aplacado la ventolina, pues los goznes de las ventanas ya no gemían, ni temblaban los vidrios. Mas de improviso se escuchó un derrumbamiento, un fragor como si el cielo se desfondase y sus cataratas se abriesen de golpe. Lluvia torrencial, que azotó las paredes, que inundó las tejas, que se precipitó por los canalones abajo, estrellándose en las losas de la calle. En la sala hubo un instante de sorpresa; Josefina interrumpió su habanera; Baltasar se aproximó a la ventana; la viuda soltó el estereóscopo, y a Nisita se le cayó de las manos el piñonate. Casi al mismo tiempo otro ruido, que subía del portal, vino a dominar el ya formidable del aguacero; una algarabía, un chascarrás desapacible, unas voces cantando destempladamente con acompañamiento de panderos y castañuelas. Saltaron alborotadas las chiquillas, con Nisita a la cabeza.
—Ya están ahí esas holgazanas—dijo ásperamente doña Dolores—. Anda, Lola—añadió dirigiéndose a su hija mayor—: dile a Juana que las eche del portal, que lo ensuciarán.
—Mamá... ¡lloviendo tanto!—suplicó Lola—. ¡Parece no sé qué decirles que se vayan! ¡Se pondrán como sopas! ¿No oye usted que el cielo se hunde?
—¡Es que eres tonta!—pronunció con rabia la madre—. Si las dejas tocar ahí, después no hay remedio sino darles algo a esas perdidas....
—¿Qué importa, mamá?—intervino Baltasar—. Hoy es mi santo.
—Que suban, que suban a cantar los Reyes—gritó unánime la concurrencia menor de tres lustros.
—Te uban.... Batasal, te uban, te uban—berreó Nisita cruzando sus manos pringosas.
—Que suban, hombre, veremos si son guapas—confirmó Borrén.
Lola de esta vez no necesitó que le reiterasen la orden. Ya estaba bajando las escaleras dos a dos.