—¿Irías a su casa volando?—interrogó Amparo temblona.

—Fui... y dice que....

—Acaba, maldito.

—Y dice que...—Chinto se devanó los sesos buscando una fórmula diplomática—. Dice que no está en el pueblo, porque... porque ayer se marchó a Madrí.

Quiso abrir la boca Amparo y articular algo, pero su dolorida laringe no alcanzó a emitir un sonido. Echose ambos puños a los cabellos y se los mesó con tan repentina furia, que algunos, arrancados, cayeron retorciéndose como negros viboreznos sobre el emboce de la cama.... Las uñas, desatentadas, recorrieron el contraído semblante y lo arañaron y ofendieron....

—Lárgate, que me voy a levantar—dijo por fin a Chinto—, a ver si reúno gente y quemo aquella maldita madriguera de los de Sobrado.

—Sí, lárgate—añadió Ana—. ¡Para las buenas noticias que traes!

En vez de obedecer, acercose Chinto a la cama, donde jadeaba Amparo partida, hecha rajas por el horrible esfuerzo de su cólera.

—Mujer, oyes, mujer...—pronunció con voz que quería suavizar y que sólo lograba ensordecer—no te aflijas, no te mates.... Allí... yo... yo me pondré por padre y nos casaremos si quieres... y si no, no... lo que digas.

Como generosa yegua de pura sangre a la cual pretendiesen enganchar haciendo tronco con un individuo de la raza asinina, la Tribuna se irguió, y saltándosele los ojos de las órbitas, los carrillos inflamados por la fiebre, gritó: