—¡Se ve tan poco... los días son tan cortos! Y tiene una las manos frías; en hacer una cuarta de puntilla se va una mañana. Casi, descontando lo que nos cuesta el hilo, no sacamos para arrimar el puchero a la lumbre....
Entre tanto Nisita se iba abriendo camino al través de piernas y sillas, hasta acercarse a la niña de ocho años que llevaba en brazos al rorro.
—Un tiquito... un tiquito—gritaba la rubilla mirándole compadecida y embelesada—. Ámelo.
—No podrás con él—respondía desdeñosamente la niñera.
—Le oy teta—argüía Nisita haciendo el ademán correspondiente al ofrecimiento.
—¿Quién os enseñó a cantar?—preguntó a la encajera la viuda de García.
—Enseñar, nadie.... Nos reunimos nosotras. Tenemos un libro de versos.
—¿Y andáis por ahí divirtiéndoos?
—Divertir, no nos divertimos... hace frío—contestó Carmela con su voz cansada y dulce—. Es por llevar unos cuantos reales a la casa.
—¡Mamá, Osepina, Loló!—vociferaba la rubilla—. Un tiquito, un nino Quetús. Mía, mía.