Todos se volvieron y divisaron a la infeliz oruga humana, envuelta en un mantón viejísimo, con una gorra de lana morada, que aumentaba el tono de cera de su menuda faz, arrugada y marchita como la de un anciano por culpa de la mala alimentación y del desaseo. Sus ojuelos negros, muy abiertos, miraban en derredor con vago asombro, y de sus labios fluía un hilo de baba. La viuda de García, que era bonachona, lanzó una exclamación que corearon las niñas de Sobrado.

—¡Jesús... angelito de Dios... tan pequeño, por esas calles y con este día! ¿Pero qué hace su madre?

—Mi madre tiene tienda en la calle del Castillo.... Somos siete con este, y yo soy la mayor...—alegó a guisa de disculpa la que llevaba la criatura.

—¡Jesús!... ¿Pero cómo hacéis para que no llore? ¿Y si tiene hambre?

—Le meto la punta del pañuelo en la boca para que chupe.... Es muy listito, ya se entretiene mucho.

Riéronse las niñas, y Lola tomó al nene en brazos.

—¡Qué ligero!—pronunció—. ¡Si pesa más la muñeca grande de Nisita!

Pasó de mano en mano el leve fardo, hasta llegar a Josefina, que lo devolvió a la portadora muy deprisa, declarando que olía mal.

—No ven el agua ni una vez en el año—decía confidencialmente a su cuñado doña Dolores—y salen más fuertes que los nuestros. Yo, matándome, y sin poder conseguir que esa Lola se robustezca. Amparo observaba la sala, el piano de reluciente barniz, el menguado espejo, las conchas de Filipinas y aves disecadas que adornaban la consola, el juego de café con filete dorado, los trajes de las de García, el grupo imponente del sofá, y todo le parecía bello, ostentoso y distinguido, y sentíase como en su elemento, sin pizca ya de cortedad ni extrañeza.

—¿Y tú, qué haces, señorita de Rosendez?—interrogó Baltasar—. ¿Andar de calle en calle canturreando? Bonito oficio, chica; me parece a mí que tú....