—Fue mi madre.
—Y tú, ¿por qué no?
—No tengo quien me meta en la Fábrica.... Hacen falta empeños.
—Pues mira este señor puede recomendarte casualmente.... Oiga usted. Borrén, ¿no es usted primo del contador de la Fábrica? Diga usted.
—¡Hombre! es cierto. Del contador no, pero de su señora.... Es murciana, somos hijos de primos hermanos.
—¡Magnífico! Dile tu nombre y tus señas, chica.
—Sí, hija... se hará lo posible, ¿eh? Por servir a una morena tan sandunguera.... Vas a valer más pesetas con el tiempo.... Hombre, ¿no repara usted Baltasar, lo que ganó desde el año pasado?
—Mucho más guapa está—declaró Baltasar.
—¿Pero estas chiquillas no cantan?—interrumpió con dureza Josefina García—. ¿Han venido aquí a hacernos tertulia? Para eso, que se larguen. No se ganan los cuartos charlando.
—¡A cantar!—contestaron resignadamente todas; y al punto redoblaron las castañuelas, repiquetearon los panderos, rechinaron las conchas, exhaló su estridente nota el triángulo de hierro, y diez voces mal concertadas entonaron un villancico: