Lo gracioso del caso está en que, siendo el paisanillo tan útil, por mejor decir, tan indispensable, no hubo criatura más maltratada, insultada y reñida que él. Sus más leves faltas se volvían horribles crímenes, y por ellos se le formaba una especie de consejo de guerra. Llovían sobre él a todas horas improperios, burlas y vejaciones. La explotación del hombre por el hombre tomaba carácter despiadado y feroz, según suele acontecer cuando se ejerce de pobre a pobre, y Chinto se veía estrujado, prensado, zarandeado y pisoteado al mismo tiempo. Le habían calificado y definido ya: era un mulo.

Acertó un día Chinto a volver unas miajas más tarde de lo acostumbrado, y acercose a la cama de la tullida para vaciar sus faltriqueras, donde danzaban los cuartos de la colecta diaria. Encontrábase allí Amparo, y le dio al punto en la nariz un desusado tufillo. Por sorprendente que parezca la noticia, la acuidad del sentido del olfato es notable en las cigarreras: diríase que la nicotina, lejos de embotarles la pituitaria, les aguza los nervios olfativos, hasta el extremo de que si entra alguien en la fábrica fumando, se digan unas a otras con repugnancia: «¡Puf, huele a hombre!». Así es que Amparo solía apartarse de Chinto —aunque sea inverosímil—repelida por el olor de las malas colillas que chupaba en secreto; pero lo que a la sazón percibía era peor que el tabaco; así es que pegó un salto.

—¡Vete de ahí—le gritó—; vete, maldito, que nos apestas! Anda, pellejo, despabílate.

Chinto la consideraba atónito, con los brazos colgantes, abriendo cuanto podía los ojos, cual si por ellos oyese.

—Que te largues; ¡repelo contigo!, que no se aguanta ese olor: confundes a la gente.

—¿A qué apestas, demontre?—preguntó la tullida—. Serán esos puros del estanquillo.

—¡No, señora, que es a vino!—exclamó Amparo.

—¡A vino!—clamó la impedida alzando los brazos tan escandalizada como si ella sólo catase el agua, porque en el pueblo los viejos, con sinceridad completa, se otorgan a sí propios el derecho de «echar un trago» que niegan a los mozos—. ¡A vino! ¡Tú quiéreste perder, condenado!

—Yo... pero yo... quiérese decir que yo...—balbució Chinto abrumado por el peso de su culpa.

—¡Aún tendrás valor para contar mentira!—chilló la enferma—. ¡Llégate acá, bruto! (Chinto se llegó compungido.) Echa el aliento. (Chinto lo echó.) Más fuerte, más fuerte... (Y la tullida asió de los indómitos pelos al paisano y le obligó, mal de su grado, a carearse con ella.) ¡Puf!, ¡pues es verdá y muy verdá! ¿Dónde te metiste? ¿Andas ya arrastrado por las tabernas, bribón?