—Yo... no, no fue cosa mala ninguna... no fue perrita, ni licor.... Fue....
—Cuenta la verdá, borrachón de los infiernos, como si estuvieses difunto en el tribunal del devino Señor....
—No fue nada más sino que encontré un amigo de allí... de la Erbeda, que cayó soldado... y allí... me convidó, me dijo así:—¿Quieres una chiquita?—. Y yo... allí, le dije:—Bueno—. Y él me llevó allí... a casa de....
—¡Calla, calla y recalla ya, que siquiera sabes lo que dices, con la mona que traes a cuestas!... ¡Como otra vez te vea yo así perdido de vino, he de decirle a Rosendo que te arree una tunda con la correa de la caja, que te has de chupar los dedos; chiquilicuatro, mocoso, viciosón! Convidarte, ¿eh? Me convides. ¡Quien te da vino, no te da pan; mulo! ¡Anda afuera, que me mareas la cabeza toda!
Amparo ejecutó el decreto materno empujando a Chinto por los hombros a las tinieblas exteriores del portal, y Chinto resignado optó por acostarse. Lo único que sentía confusamente era no poder ver a la muchacha un rato. Ahora le entretenía casi tanto mirar a Amparo, como antes contemplar la rueda del amolador y la bahía. Admirábale a él, rudo y tardío de eloquio como suele serlo el aldeano, la facilidad y rapidez con que la pitillera se expresaba, la copia de palabras que sin esfuerzo salían de su boca. Si lo que experimentaba Chinto era enamoramiento, podía llamarse el enamoramiento por pasmo. Ello es que se le venían con frecuencia suma impulsos de tratar a Amparo como a las chiquillas de su aldea, las tardes de gaita; de pellizcarla, de soltarle un pescozón cariñoso, de echarle la zancadilla, de darle un varazo suave con la recién cortada vara de mimbre. Pero tan osados pensamientos no llegaban a realizarse nunca. Amparo sí que solía empujar a Chinto, y no por vía de halago, bien lo sabe Dios, sino de pura rabia que le tuvo siempre. Si pudiese leer en el alma del paisano, adivinar cómo le hervía la sangre al acercarse a ella, le hubiera cobrado asco amén del odio inveterado ya.
Para Amparo, hija de las calles de Marineda, ciudadana hasta la médula de los huesos, Chinto era un ilota. Alguna duquesa confinada en oscuro pueblo, después de adornar los saraos de la corte, debe sentir por los señoritos del poblachón lo que la pitillera por Chinto. Enfadábale todo en él: la necia abertura de su boca, la pequeñez de sus ojos, lo sinuoso y desgarbado de su andar, su glotona manera de comer el caldo. Le entraban irritaciones sordas a la vista de objetos dejados por él, un par de zapatos viejos y torcidos, una faja de lana roja pendiente de una percha, una colilla negra y pegajosa, caída en el suelo. Y fortificaba su antipatía el que Chinto, con la desconfianza socarrona propia del paisano, lejos de resolverse a aceptar los ideales políticos de Amparo, a su modo, daba a entender que le parecía huero y vano todo el bullicio federal. Con risa entre idiota y maliciosa, solía decir a veces a la muchacha:
—Andas metiéndote en cuentos.... Aún han de venir a buscarte los civiles, para te llevar a la cárcel....