—Los delegados... ¿de qué?—preguntó Josefina jugando con el abanico.
—De Cantabria.... Vienen a firmar la unión del Norte...—explicó Lola—. ¡A mí me gustaría ver el desembarque! Si hubiese tenido con quien ir.
—Yo fui.... ¡Qué lástima!—dijo Baltasar.
—Chica.... ¡Vaya una idea!—exclamó Josefina soltando menudas carcajaditas—. Yo huyo de esas confusiones.... Me aterra pensar que pueden gentes sin educación apachucarme, pisarme.... ¡Qué fastidio! Y al fin poco tendrá que ver.... Diga usted, Sobrado, ¿se ha divertido usted mucho?
—No por cierto.... ¡Diversión! ¿Qué diversión ha de ser? Pero es curioso.... ¡Hubo vivas, y mueras, y un silbido vergonzante, y abrazos, y apretones de manos!
—¡Bien por el que silbó!—dijo Lola batiendo palmas—. ¡A eso quería yo ir, a silbar con la llave de la puerta!
—Dice el tío Isidoro—intervino Clara—que si esto sigue así van a tener que cerrarse los comercios y se concluirá la industria.
—¡Y también se cerrarán las iglesias!—recalcó Lola con más calor aún—. ¡Malditos revoltosos! ¡A silbar, a silbar debió ir todo el mundo!
—¡Psss! ¡Por Dios!—suplicó Josefina—. Estamos llamando la atención.... Luego dirán que nos metemos en política.
—Pues yo me meto... ¿y qué? Ahora todo el mundo se mete—afirmó Lola.