—¿Y quién? ¿Las de la Fábrica?

—Ajá. Una ristra de ellas. Ya estamos habladas.

—¿Van tus amigas?... ¿Aquellas dos?...

—¡Espera por ellas! No, mujer, no. Ana, como trata con un capitán mercante, no se quiere rebajar a que la vean alumbrando; dice que cuando llegue la Bella Luisa la avergonzaría su marino.... ¡Y aquella tonta de Guardiana tuvo valor a decirme que ella sólo cogería un hacha para ir en la procesión de Nuestra Señora de la Guardia!

—Pues yo digo otro tanto... más que te enfades, mujer. ¡Vaya unos dioses y unas imágenes que vais a llevar en procesión! Eso parece cosa de idólatras. Alumbrar solamente a las cosas de la iglesia, el veático, las octavas....

—Calla, que eres más nea que los neos.

—¡Y para el favor que me están haciendo a mí esos señores que predican la libertá! ¡Dicen que van a echar a todas las monjas a la calle y a no dejar convento con convento!

Amparo retrocedió tres pasos, se puso en jarras, enarcó las cejas, y después se persignó media docena de veces, con extraña prontitud.

—Me valga San.... ¿Pero tú hablas formal, mujer? ¿Te quieres meter en aquella prisión por toda, toda, toda la vida? Arreniégote.

—Querer, quiero.... ¡Ay! Quise desde que fui así pequeñita.... Pero ¡bah!, ¡no puedo! ¿Dónde me van a recibir ahora sin el dote? ¡Buenas están las monjas para meterse en despilfarros! ¿Y yo, cómo he de juntar el dote, dime tú? Si pido, nadie me dará... A no ser que Dios me mande una sorpresa....